Las dos potencias asiáticas llevan al terreno económico sus disputas territoriales.


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Xiao Shu pasó cerca de una década trabajando en Japón, primero como peón de la construcción y luego en diferentes puestos de la hostelería. Hoy, a los 40 años, aún guarda un buen recuerdo de aquel periodo. Y de la gente. “Una cosa es el pueblo japonés y otra el Gobierno”, responde cuando se le pregunta por las relaciones entre Pekín y Tokio, que atraviesan momentos de tensión.

A pesar de sus palabras de concordia, Xiao se ha convertido en una víctima colateral de los problemas geopolíticos de Oriente. El pequeño restaurante que regenta en el centro de Pekín, Baxiwei, ha perdido el 25% de su clientela desde hace un año. El propietario es pekinés. Los empleados son todos chinos. Sin embargo, se trata de un establecimiento especializado en cocina nipona que, como muchos otros de la capital, ha sufrido una importante bajada de la demanda debido a las pasiones nacionalistas.

Las economías de ambas potencias asiáticas se encuentran estrechamente ligadas. Los japoneses han aportado enormes cantidades de tecnología para la modernización de China. Las grandes multinacionales niponas se beneficiaron primero de los bajos costes de la mano de obra china y más tarde del creciente mercado de consumo local. En estos momentos, sin embargo, se están deshaciendo los lazos de entendimiento económico que empezaron a tejerse hace tres décadas.

Los intereses japoneses en el gigante asiático están sufriendo desde que en otoño del año pasado el Ejecutivo de Tokio anunciara la compra de las islas Senkaku o Diaoyu, como se conoce respectivamente en Japón y en China a un pequeño grupo de peñones situados entre Taiwan y Okinawa. La disputa diplomática entre la segunda y ...