Visitantes del Jardín Nacional Shinjuku Gyoen disfrutan de la temporada de observación de los cerezos en flor en Tokio. (Foto de Stanislav Kogiku/SOPA Images/LightRocket vía Getty Images)

¿Cómo un árbol puede contar tanto de la historia de un pueblo?

El hombre que salvó a los cerezos

Naoko Abe

Panorama de narrativas, Anagrama, Barcelona, 2021 (1ª edición), 440 pp

No se acababa de creer que había recibido una carta del castillo de Windsor. Nada menos que el jardinero real británico se dirigía a él, Matatoshi Asari, para pedirle que le vendiera algunos de sus cerezos. Asari había sido el creador de una nueva variedad de cerezo, la Matsumae, ¡y ahora la quería la mismísima reina de Inglaterra! En su carta de respuesta -era 1993-, escribió:

“Llevo los últimos cuarenta años dedicado a criar cerezos ornamentales o sakura y mi premio es ver que he creado muchas variedades diferentes. Es un honor para mí que me pidan ustedes unas cuantas.

Tengo el vehemente deseo personal de regalar sakura al pueblo británico. Hace unos cincuenta años, las fuerzas armadas japonesas invadieron territorios de ustedes y mataron e hirieron a muchos soldados y civiles. No he olvidado ese hecho histórico.

Espero, sinceramente, que los sakura llegados de Japón sean cuidados y criados convenientemente, y que algún día sus flores deleiten y consuelen a quienes las vean, incluidas las familias de los que murieron en la guerra”.

“Cerezos de la reconciliación”, los ha llamado Naoko Abe, autora de un libro de difícil clasificación que, siguiendo el rastro de una planta, indaga en las relaciones entre los pueblos, en el poder de los símbolos y, sí, en el lugar que ocupa el cerezo en la historia y la cultura de Japón.

La historia de Asari es una de las muchas que la periodista japonesa afincada en Londres rescata en su investigación para elaborar la biografía de Collingwood Ingram, un acaudalado británico que dedicó su vida a estudiar, localizar, cultivar y crear nuevas variedades de cerezos ornamentales japoneses y que llegó a convertirse en uno de los principales expertos del mundo en la materia.

Una biografía que quedaría reservada para forofos de la botánica de no ser por el recorrido que hace Abe por la historia de su nación -un pueblo con una sensibilidad excepcional que fue capaz también de las mayores atrocidades- y por la de las relaciones británico-japonesas.

Ingram era, desde luego, representante de un tiempo y una sociedad desaparecidos. Nacido en 1880 en el seno de una acaudalada familia británica, y sin necesidad de tener que ejercer un trabajo remunerado, dedicó la primera parte de su vida a la ornitología. Frustrado por no poder aportar gran cosa a un campo que ya estaba abarrotado de especialistas, encontró la razón de su existencia en su primer viaje a Japón. Allí descubrió la enorme belleza, riqueza y diversidad de los cerezos ornamentales japoneses, unas plantas poco apreciadas entonces en Occidente por su incapacidad de dar fruto.

A partir de ese momento, Ingram se volcó en ...