El Ejército tailandés dio un golpe de Estado prometiendo terminar con la crisis política y reinstaurar la democracia. Las promesas parecen más lejos que nunca de verse cumplidas.

Hace un año, el general tailandés Prayuth Chan-ocha incumplió una promesa. Tras meses de bloqueo político en el país, con protestas en las calles y un gobierno prácticamente desmantelado en los tribunales, el 22 de mayo de 2014 el general entró en la sala de reuniones donde había dado cita a los principales grupos opositores y les comunicó su decisión: “Voy a tener que tomar el poder”. Durante meses, el entonces Jefe de las Fuerzas Armadas del país había reiterado en numerosas ocasiones que no lo haría.

Una estudiante tailandesa protesta a las puertas de la corte militar en Bangkok, marzo de 2015. Pornchai Kittiwongsaku/AFP/Getty Images
Una estudiante tailandesa protesta a las puertas de la corte militar en Bangkok, marzo de 2015. Pornchai Kittiwongsaku/AFP/Getty Images

Prayuth lideró el decimosegundo golpe de Estado exitoso del Ejército tailandés desde 1932, cuando otro golpe depuso a la monarquía absoluta e inauguró la inestable democracia del país asiático, que ha vivido secuestrada durante décadas por los intereses de los militares, la monarquía y las clases altas del país. Tras incumplir su primera promesa, Prayuth hizo otra: solventar la crisis política en la que lleva inmersa el país desde hace diez años y “devolverle la felicidad” al llamado, de forma manida, País de las Sonrisas.

Tailandia lleva décadas resquebrajándose en una profunda brecha social que estalló en 2006, cuando el entonces primer ministro, Thaksin Shinawatra, fue depuesto en un golpe de Estado muy similar al de hace un año. La dimensión de la brecha es doble: económica, en uno de los países con mayor desigualdad económica del mundo, y geográfica, con una fuerte división entre el noreste y norte, donde hay una mayor presencia de los llamados camisas rojas, seguidores de Thaksin, y la zona centro, ...