Póster de campaña de Donald Trump después de un mitin. (Scott Olson/Getty Images)

El término es nuevo, pero el problema no y amenaza a la democracia. ¿Cómo deberían consumir los ciudadanos la información que les llega de los medios de comunicación y las redes sociales?

Independientemente de la definición de democracia que prefiera cada uno, lo importante es que se basa en las personas y los votos. En su libro de 1956 A Preface to the Democratic Theory, el politólogo Robert Dahl proporcionaba una lista de ocho condiciones para determinar una mayoría decisiva, que, a diferencia del embarazo o de la afición o el odio al cilantro, tiene distintos niveles de fortaleza y debilidad. Después de establecer el voto en las cuatro primeras condiciones, la quinta cláusula que presenta Dahl es que "todos los individuos posean una información idéntica sobre las alternativas existentes".

Este requisito puede parecer obvio hasta que nos detenemos a reflexionar sobre la labor de los medios de comunicación y lo que ha pasado en la política en este último año (con el consiguiente gesto de resignación y exasperación). ¿Idéntica información para todos a pesar de las grandes diferencias de educación y acceso a los medios? ¿Qué tal una información veraz y basada en hechos? Y aquí entra el término posverdad, uno de los escogidos por el Diccionario de Oxford como palabras del año por su uso tan extendido a propósito del Brexit y de la elección presidencial en Estados Unidos. Un concepto que representa un enorme reto para nuestras democracias, pero que no tiene nada de nuevo.

A los escritores estadounidenses les encanta utilizar la expresión "beber de una manguera contra incendios", recibir más de lo que se puede absorber, que describe muy bien el mundo de la comunicación hoy, con sus infinitas opciones y ...