En Asia, África y América Latina, e incluso en la descreída Europa, los movimientos evangélicos conoce una expansión sin precedentes, sobre todo entre los más pobres, un fenómeno que nada tiene que ver con los telepredicadores ni con la derecha fundamentalista de Estados Unidos.










Durante buena parte del siglo XX se dio por sentado que modernización equivalía a secularización, es decir, a la marginación de la religión de la vida pública y al debilitamiento de su influencia sobre los individuos. La principal prueba de ello fue Europa, donde se encontraban por doquier muestras de descristianización. Aunque los especialistas reconocían que Estados Unidos constituía una excepción –al ser una sociedad moderna y, sin embargo, profundamente religiosa–, se esperaba que el mundo (y, a la larga, incluso EE UU) acabara por seguir el patrón europeo.

El primer gran revés a esta suposición fue 1979, cuando la revolución iraní o la participación de sacerdotes católicos en el Gobierno sandinista de Nicaragua parecían indicar que se estaba produciendo un revival religioso en algunas partes del mundo y que la fe podía no ser irrelevante para la política. El comienzo del siglo xxi sólo ha servido para hacer entender esa lección a los occidentales escépticos. Hoy día, pocos dudan que la religión tiene una importancia global y que hay que tenerla en cuenta, para bien o para mal, en cualquier análisis de los asuntos globales.

Pero ¿qué tipo de religión? ¿Cuáles operan a escala global y cuáles son las diferencias entre ellas en cuanto a su efecto en la vida social y política? Tres movimientos pueden reivindicar ser mundiales en términos de repercusión. Es evidente que uno es el islam. A menudo considerada como la religión de crecimiento más rápido (gracias, en parte, a las ...