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Un bebé recien nacido en un hospital en Juba, Sudán del Sur. Stefanie Glinski/AFP/Getty Images

El riesgo de muerte en las primeras semanas de vida está estrechamente relacionado con las deficiencias en los sistemas de salud y con la pobreza. ¿Qué está haciéndose al respecto? ¿Cuáles son los principales desafíos?

Las dos primeras décadas del siglo XXI están caracterizándose por una verdadera revolución biosanitaria, que se ha traducido en avances inéditos y asombrosos en los indicadores globales de salud, particularmente en lo que respecta a la mortalidad infantil. De hecho, nunca en la historia de la humanidad las posibilidades de sobrevivir de un recién nacido en este planeta han sido mayores que las que observamos hoy. Para nuestra fortuna, la mortalidad infantil en los países ricos se ha convertido en un hecho prácticamente anecdótico, y el número de muertes prematuras en la edad infantil ha ido menguando a nivel global de forma progresiva y constante, pasando de los más de 17 millones de muertes anuales al principio de los 70 a los menos de 6 millones actuales, o lo que es lo mismo, menos del 5% de los aproximadamente 130 millones de nacimientos anuales.

Estos impresionantes progresos, sin precedentes en la historia de la humanidad, son el resultado de circunstancias excepcionales y de la suma de muchos esfuerzos a escala nacional e internacional. Sin embargo, los avances pueden explicarse en gran medida gracias al efecto catalizador del establecimiento en 2000 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), una serie de metas ambiciosas acordadas por los gobiernos de los 191 países miembros de Naciones Unidas diseñadas para luchar de forma global contra la pobreza, el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la degradación medioambiental y la discriminación de género.

En relación a la mortalidad infantil, muchos países consiguieron reducirla en el ...