Un avión de las Fuerzas Aéreas Turcas. (Sean Gallup/Getty Images)
Un avión de las Fuerzas Aéreas Turcas. (Sean Gallup/Getty Images)

Los ataques de Ankara no solo se dirigen contra el Estado Islámico sino también contra militantes kurdos, considerados por los turcos como enemigos, pero cuya colaboración con la alianza internacional han sido hasta el momento de vital importancia en la lucha contra los yihadistas. Si a la volatilidad de la zona se le une un recrudecimiento de los combates entre Ankara y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el escenario podría complicarse aún más.                               

Desde hace varios días, Turquía ha tomado unas medidas sin precedentes para apoyar a la coalición que lucha contra el Estado Islámico (Daesh en su acrónimo en árabe). Después de años de vacilaciones, ha bombardeado por primera vez al grupo yihadista en Siria, ha detenido a presuntos miembros en territorio turco y ha accedido a algo que Estados Unidos le pedía desde hacía tiempo: la utilización de la base de Incirlik para lanzar ataques contra el EI.

Ahora bien, el repentino espíritu ofensivo de Ankara tiene también otro blanco: el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). El viernes, varios aviones turcos atacaron a militantes del PKK en Irak por primera vez en años, un hecho que empujó a muchos a declarar el fin del endeble alto el fuego en vigor desde hace dos años entre las dos partes. Coincidiendo con los arrestos de militantes del EI, las autoridades turcas detuvieron a decenas -seguramente centenares- de kurdos a los que acusan de ser miembros del PKK en territorio turco. En el pasado, las fuerzas de seguridad, respaldadas por una ley antiterrorista que considera delito pertenecer a una organización armada, han aprovechado esas olas de detenciones para atacar a políticos, activistas y periodistas kurdos no violentos.

Con estos acontecimientos, el frágil pero hasta ahora relativamente prometedor proceso ...