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Un soldado indio en Srinagar, Cachemira. (Muzamil Mattoo/NurPhoto via Getty Images)

Ni los amigos ni los enemigos saben ya cuál es la posición de Estados Unidos. A medida que Washington promete todo y no cumple nada, las potencias regionales han empezado a buscar sus propias soluciones, mediante la violencia o la diplomacia. –International Crisis Group

 

Los conflictos locales reproducen tendencias mundiales. Sus formas de prenderse, desarrollarse, persistir y llegar a una solución reflejan los cambios en las relaciones entre las grandes potencias, la intensidad de su rivalidad y el grado de ambición de los actores regionales. Ponen de relieve cuestiones que obsesionan al sistema internacional y otras por las que siente indiferencia. Hoy, esas guerras cuentan la historia de un sistema global atrapado en las primeras olas de un cambio trascendental y unos líderes regionales al tiempo envalentonados y asustados por las oportunidades que ofrece esa transición.

El tiempo dirá hasta qué punto el unilateralismo transaccional, el desprecio a los aliados tradicionales y el coqueteo con los rivales de siempre que está mostrando Estados Unidos perdurará, y en qué medida desaparecerá cuando acabe la presidencia de Donald Trump. No obstante, sería difícil negar que algo está en marcha. Las relaciones y el equilibrio de poder que antes servían de base al orden mundial —por más que fueran imperfectos injustos y problemáticos— ya no funcionan. Washington está deseoso de conservar las ventajas de su liderazgo y reacio a soportar las cargas que entraña. Como consecuencia, es culpable del pecado cardinal de cualquier gran potencia: permitir que crezca el abismo entre los fines y los medios. En estos tiempos, ni los amigos ni los enemigos saben del todo cuál es la posición de Estados Unidos.

Los roles de las otras grandes potencias también están cambiando. China muestra la paciencia de una nación segura de tener cada vez más influencia, pero sin prisa por ejercerla. Escoge sus batallas y se centra en las que considera prioritarias: el control interno y la represión de la posible disidencia (como en Hong Kong o en las detenciones masivas de musulmanes en Xinjiang), los Mares del Sur y de China Oriental y la incipiente guerra tecnológica con Estados Unidos, de la que mi propio colega Michael Kovrig —injustamente preso en China durante más de un año— ha sido víctima colateral. Todo lo demás son objetivos a largo plazo.

Rusia, por el contrario, es un país impaciente, agradecido por el poder que le han otorgado estas circunstancias extraordinarias y deseoso de reafirmarlo antes de que sea demasiado tarde. La política exterior de Moscú es oportunista, consistente en aprovechar las crisis en su propio beneficio, aunque es posible que esa sea hoy toda la estrategia que se necesita. Trata de demostrar que es un socio más sincero y fiable que las potencias occidentales y respalda a algunos aliados con ayuda militar directa, mientras que en otros, como Libia y África Subsahariana, envía a contratistas privados para dejar clara su creciente influencia.

Para todas estas potencias, la prevención y la resolución de conflictos tienen escaso valor intrínseco. Juzgan las crisis en función de lo beneficiosas o perjudiciales que pueden ser para sus intereses, cómo pueden promover o debilitar los de sus rivales. Europa podría ser un contrapeso, pero, precisamente cuando debería llenar el hueco, está debatiéndose con sus turbulencias internas, las desavenencias entre sus líderes y una obsesión con el terrorismo y la inmigración que, a menudo, pervierte la política.

Las consecuencias de estas tendencias geopolíticas pueden ser letales. La fe exagerada en ayudas externas puede distorsionar los cálculos de los actores locales, empujarlos hacia posiciones inflexibles y alentarles a correr riesgos contra los que creen estar inmunizados. En Libia, la crisis corre peligro de sufrir una metástasis porque Rusia está interviniendo en favor de un general que se dirige a la capital, Estados Unidos transmite mensajes ambiguos, Turquía amenaza con acudir al rescate del Gobierno y Europa —a un tiro de piedra— exhibe su impotencia en medio de divisiones internas. En Venezuela, la obstinación del Gobierno, alimentada por la convicción de que Rusia y China van a amortiguar su caída económica, choca con la falta de realismo de la oposición, reforzada por las insinuaciones estadounidenses de que va a derrocar al presidente Nicolás Maduro.

Siria —una guerra que no aparece en esta lista— ha sido un microcosmos de todas estas tendencias: allí, Estados Unidos combina la grandilocuencia de la potencia hegemónica con la postura del espectador. Los actores locales (como los kurdos) se sienten alentados por las promesas desmesuradas de Estados Unidos y decepcionados cuando no las cumple. Rusia, por su parte, defiende a su brutal aliado, mientras que otros países de la zona (en concreto, Turquía) tratan de aprovecharse del caos.

Las malas noticias pueden contener un lado positivo. A medida que los dirigentes ven las limitaciones del respaldo de sus aliados, empiezan a comprender verdaderamente la realidad. Arabia Saudí, animada inicialmente por el aparente cheque en blanco del gobierno de Trump, hizo una demostración de fuerza regional hasta que una serie de osados ataques iraní y la falta de reacción de Estados Unidos demostraron al reino del Golfo hasta qué punto estaba en peligro, lo que le obligó a buscar un acuerdo en Yemen y, tal vez, relajar la tensión con Irán.

Para muchos estadounidenses, Ucrania evoca un sórdido caso de intercambio de favores y el proceso político que puede llevar a la destitución de Trump. Pero para su nuevo presidente, Volodímir Zelenski, que se encuentra en el ojo de ese huracán, la prioridad es acabar con la guerra en el este del país, un objetivo para el que parece ser consciente de que Kiev necesitará hacer concesiones.

Hay otros que quizá puedan reajustar también sus posturas: quizá el gobierno afgano y otros poderosos antitalibanes acepten que las tropas estadounidenses no van a estar siempre allí, e Irán y el régimen de Siria vean que las nuevas bravatas de Rusia en Oriente Medio no los protege contra los ataques israelíes. Puede que no se queden totalmente abandonados a su suerte, pero, si el apoyo de sus aliados solo llega hasta cierto punto, es posible que vuelvan a bajar a la tierra. El realismo tiene sus ventajas.

Existe otra tendencia que merece nuestra atención: el fenómeno de las protestas masivas en todo el mundo. Es un descontento igualitario, que sacude países gobernados por la izquierda y por la derecha, democracias y autocracias, ricos y pobres, de Latinoamérica a Asia, pasando por África. Especialmente llamativas son las de Oriente Medio, porque muchos observadores pensaban que las ilusiones rotas y los terribles baños de sangre que siguieron a las revoluciones de 2011 serían disuasorios.

Los manifestantes han aprendido, se plantean la lucha a largo plazo y, en su mayoría, evitan la violencia, que hace el juego a los gobernantes a los que se oponen. Las élites políticas y militares han aprendido también, y recurren a medios diversos para capear el temporal. En Sudán, seguramente uno de los casos más positivos de este último año, las protestas desembocaron en la caída del histórico autócrata Omar al Bashir y pusieron en marcha una transición que quizá traiga un orden más democrático y pacífico. En Argelia, en cambio, los dirigentes se han limitado a mover las sillas. En muchos otros países, demasiados, han recurrido a la represión. Aun así, en casi todos, sigue vivo el sentimiento de injusticia económica que sacó a la gente a la calle. Si los gobiernos, viejos o nuevos, no son capaces de abordarlo, es de prever que este año arderán más ciudades.

 

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