Una mujer mira a través de la ventana de un autobús que transporta refugiados en Grecia. Spencer Platt/Getty Images
Una mujer mira a través de la ventana de un autobús que transporta refugiados en Grecia. Spencer Platt/Getty Images

Las atrocidades vividas por los refugiados y migrantes en los países de origen y en los de tránsito pasan una dolorosa factura: desde la depresión y el estrés postraumático hasta ataques de ira e intentos de suicidio. Por el momento, pocos son los centros y organizaciones en Europa que consiguen atender a tiempo, y de modo adecuado, los daños mentales de quienes huyen de la violencia.

No pueden dormir interrumpidamente. Narran flashbacks, que a veces también ocurren de día. Algunos se sienten perseguidos, incluso víctimas de complots inexistentes. Sufren de ansiedad, depresión leve o estrés. Otros padecen apatía y cansancio crónico. No se fían. Manifiestan síntomas somáticos, como hinchazones en la piel, dolores de cabeza y de estómago. Cuando no pueden más, tienen explosiones de rabia incontrolada que, en la gran mayoría de los casos, acaban con actos de autolesión, es decir, contra ellos mismos. Los hay que han intentado suicidarse. El anhelo de la soñada Europa, en parte frustrado, su difícil fuga de guerras y persecuciones, y las condiciones de llegada al viejo continente, influyen. Las atrocidades que han experimentado, o a las que han asistido en sus países de origen o de tránsito, también. Son los inmigrantes y refugiados con trastornos mentales, un colectivo que, en los últimos años, ha ido en aumento en Europa, donde muchos, demasiados, no reciben una atención médica adecuada, pues todavía el debate está verde y los recursos de personal −tanto operadores como investigadores− y los fondos económicos escasean.

El fenómeno sigue unos patrones similares en los principales países europeos en primera línea en la recepción de migrantes y refugiados. A causa de la prolongación de los conflictos bélicos en el norte de África ...