¿Debe la política exterior, en democracia, seguir los impulsos de un
líder, en contra de la opinión pública? Los ejemplos son
tan significativos como engañosos. No hace falta remontarse a Churchill.
Más cerca tenemos a Helmut Kohl, que se lanzó al euro en contra
de los sentimientos de sus conciudadanos, que veían en el marco alemán
su verdadera bandera nacional. Pero el entonces canciller y su sucesor hicieron
un gran esfuerzo de pedagogía, y, al final, ¿quién se acuerda
del marco alemán?

Una mayoría de españoles se opusieron a la participación
(indirecta) de España en la primera guerra del Golfo, en 1991, pero acabaron
apoyándola, tras una intensa labor de explicación y una victoria
rápida. Blair –para el que "el arte del liderazgo consiste
en decir no, pues es muy fácil decir sí"– no se ha
atrevido a dar el paso al euro y ahora quiere suplirlo con un referéndum
sobre la Constitución Europea, mientras incansablemente se ha esforzado
por explicar su política de alineamiento con Bush en Irak, sin resultados
aparentes. La cuestión, evidentemente, concierne a España y la
invasión de Irak en 2003. La decisión de enviar tropas se hizo
no sólo en contra del derecho internacional, sino a espaldas del público
y sin debate en profundidad. Faltó un mínimo intento de explicar
las verdaderas razones por parte de Aznar y su Gobierno. Tampoco cuando la guerra
de Kosovo, en 1999, aunque ese conflicto tuvo una cara española que suplió
esta carencia en Javier Solana, a la sazón secretario general de la OTAN.

Finalidad, posibilidad, instrumentalidad, oportunidad y razonabilidad
son las cinco condiciones básicas del político


La política exterior era anteriormente dominio reservado del Ejecutivo
en casi todos los sistemas democráticos, incluido el británico.
La tensión de la guerra fría propició además la
concentración de poder ...