Al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al dirigente nacionalista peruano Ollanta Humala y al ex mandatario ecuatoriano Lucio Gutiérrez los une su pasado militar y golpista y el mismo abrazo a las ideas de Juan Velasco Alvarado, el general que instauró una dictadura de izquierdas en Perú entre 1968 y 1975.

Heredero: el venezolano Hugo Chávez, fiel seguidor de la ideología velasquista. Traidor: el ex presidente de Ecuador, Lucio Gutiérrez, ha abjurado del velasquismo. Pródigo: el peruano Ollanta Humala modera en ocasiones su herencia velasquista.
Heredero: el venezolano Hugo Chávez, fiel seguidor de la ideología
velasquista.
Traidor: el ex presidente de Ecuador, Lucio Gutiérrez,
ha abjurado del velasquismo.
Pródigo: el peruano Ollanta Humala modera en ocasiones su herencia
velasquista.

Tenía 21 años, estaba en el último año de Academia
[Militar] y ya andaba con una clara motivación política. Para
mí fue una experiencia emocionante vivir como muchacho militar la revolución
nacional peruana. Conocí personalmente a Juan Velasco Alvarado. Una
noche nos recibió en el Palacio [de Pizarro] a los militares de la delegación
venezolana y nos regaló un librito [La Revolución Nacional
Peruana]
.
Yo lo guardé toda la vida hasta el día de la rebelión
del 4 de febrero, cuando me quitaron todo. El manifiesto revolucionario, los
discursos de aquel hombre, el Plan Inca [plan de Gobierno], me los leí durante
años. Y, en aquel viaje, conversé sobre todo con la juventud
militar peruana, allí entre las muchachas, la fiesta, el desfile de
Ayacucho". La anécdota pertenece al presidente de Venezuela, Hugo
Chávez
, y se la cuenta a su admiradora, la psicóloga y periodista
chilena Marta Harnecker, en una larga entrevista que se convertiría
en el libro Hugo Chávez: un hombre, un pueblo.

Lo que cuenta sucedió en 1974, cuando Chávez formó parte
de un grupo de cadetes de varios países latinoamericanos que viajaron
a Perú para participar en la celebración del 150º aniversario
de la batalla de Ayacucho, aquella en la que el delfín de Simón
Bolívar, el mariscal Antonio José de Sucre, selló la independencia
peruana de la Corona española. El pequeño libro que le regaló Velasco,
que el mandatario venezolano alguna vez describió como similar de tamaño
al de las citas de Mao Zedong pero de color azul, estuvo en todos los maletines
que acompañaron a Chávez hasta que lo extravió en 1992,
cuando fue arrestado en Caracas tras la asonada que encabezó contra
el entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

Una vez presidente, tras las elecciones de 1998, Chávez no sólo
nunca se aleja de la ideología velasquista, sino que llega a tener entre
sus allegados a uno de los asesores del general peruano: Norberto Ceresole.
Polémico desde todo punto de vista, este sociólogo argentino
fue uno de esos personajes siniestros de los que nunca se supo muy bien de
qué lado estaba en realidad. Además de haber vivido en Perú durante
la dictadura de Velasco, se sabe que residió y trabajó en la
Unión Soviética, se le vinculó a grupos tanto de extrema
izquierda como de derecha latinoamericanos, y publicó textos claramente
antisemitas. En la biografía Hugo Chávez sin uniforme se cuenta
que el mandatario y Ceresole "se conocieron en Buenos Aires en 1994″ y
que "los presentó una periodista argentina que trabajaba como
corresponsal de un diario mexicano". Los autores, Cristina Marcano y
Alberto Barrera, también recogen la creencia generalizada de que fue
el sociólogo quien sembró en Chávez, en los albores de
su mandato, la "teoría de que, sustentándose en la unión
del Ejército y del pueblo en un movimiento cívico-militar, justifica
la necesaria concentración de poder en un solo jerarca". Esta
idea, que Ceresole desarrollaría más tarde en el libro titulado
Caudillo, Ejército, Pueblo. La Venezuela del presidente Chávez,
llegó a provocar la división teórica del chavismo durante
los primeros pasos de la revolución bolivariana, en 1999. Durante ese
año coexistieron el llamado chavismo militarista, representado por el
ex asesor velasquista, y el democrático, enarbolado por el ministro
de Exteriores José Vicente Rangel. Chávez terminó cansándose
de Ceresole y le invitó a abandonar Venezuela. En 2003, el sociólogo
murió en Buenos Aires.

Chávez, Humala y Gutiérrez comparten en su retórica la teoría de la reconstrucción de una nación como respuesta a la descomposición del Estado
Chávez, Humala y Gutiérrez
comparten en su retórica la teoría de la reconstrucción de una
nación como respuesta a la descomposición del Estado.

En marzo pasado, durante un mitin de Ollanta Humala en la ciudad peruana de
Tacna, situada a tiro de piedra de Chile, uno de los viejos reservistas (ex
militares) que guardaban las espaldas al dirigente nacionalista juraba que
había conocido
a Chávez junto a otros cadetes de Colombia y Ecuador en 1974. Lo decía
con orgullo, el mismo con el que recordaba su paso por el Ejército peruano
durante los años de Velasco y con el mismo sentimiento que le había
llevado a unirse a los seguidores de Humala. El comandante peruano apenas tenía
cinco años cuando el general izquierdista Velasco Alvarado derrocó al
Gobierno democrático del presidente Fernando Belaúnde Terry y
12 cuando éste fue a su vez depuesto por otro golpe militar, en este
caso de derechas, encabezado por el general Francisco Morales.

Ollanta Humala lo aprendió todo sobre Velasco de su padre Isaac, un
viejo militante comunista que comparte las ideas nacionalistas del general,
la nostalgia por la grandeza del imperio inca, así como su exacerbado
sentimiento antichileno, derivado de la rivalidad histórica que los
dos países mantienen desde la guerra del Pacífico de 1879-1883,
tras la que Perú perdió la región sur de Tarapacá y
su aliado, Bolivia, la salida al mar. "Mi hijo hará nacionalismo
velasquista", llegó a declarar la madre de Ollanta, Elena Tasso,
al diario Expreso de Lima durante la reciente campaña política,
unos días antes de que el propio dirigente, que se considera ajeno a
las creencias de sus padres, los visitara después de mucho tiempo para
pedirles que fueran más cautelosos con sus declaraciones a la prensa.
No obstante, si Humala pidió prudencia a sus padres no fue para que
no le tildaran abiertamente de velasquista. Él no niega la influencia
de este régimen de los 70 en su plan político.

Populistas de rojo: a la izquierda, Ollanta Humala. Arriba, mitin de Chávez en Caracas en 2005.
Populistas de rojo: a la izquierda,
Ollanta Humala. Arriba, mitin de Chávez en Caracas en 2005.

En la página 67 del programa de gobierno que el partido Unión
por el Perú (UPP) presentó para las recientes elecciones, cuando
se habla del "fracaso de la república aristocrática",
se explica que el "Estado oligárquico, colonial, excluyente y
centralista es desmontado por las reformas iniciadas por el Gobierno revolucionario
de las Fuerzas Armadas, presidido por el general Juan Velasco Alvarado. Pero
no llega a ser liquidado totalmente por la insuficiencia de las fuerzas intelectuales,
políticas y culturales que asumieron la tarea de profundizar el proceso
de reformas estructurales". El texto levantó ampollas en Perú,
ya que el régimen de Velasco nacionalizó el sector petrolero,
la banca, la minería y la prensa, además de iniciar la mayor
reforma agraria del continente después de la cubana, entregando unos
cinco millones de hectáreas a los campesinos. Entre todas esas tierras
estaban las de la familia Humala. Sobre esto, a Elena Tasso se le atribuye
la siguiente frase: "Con la expropiación no nos resentimos; si
los campesinos se lo merecen y lo necesitan, que lo tengan ellos".

"Efectivamente, el velasquismo es, en el caso de Ollanta Humala, un
elemento que viene de su familia. Su hermano Antauro también se ha declarado
velasquista y creo que el elemento que ellos reivindican, como lo hace Chávez,
es el nacionalismo militar", explica Nelson Manrique, catedrático
de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. "Aunque
al régimen de Velasco se lo calificó de bonapartista, yo prefiero
caracterizarlo como un populismo tardío [inspirado en gobiernos como
el de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940) o el de los
dos primeros mandatos de Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955)]
que buscaba modernizar una sociedad peruana que tenía elementos profundamente
arcaicos aún en los 60 (…). El problema ahora es si un proyecto
semejante, que se pensaba era viable en los 60, puede serlo actualmente, sobre
todo si no se tiene petróleo, como lo tiene Chávez en Venezuela",
añade Manrique, que tuvo entre sus alumnas a Nadine Heredia, esposa
de Ollanta.

La vuelta del sandinismo: Daniel Ortega parte como favorito
La vuelta del sandinismo: Daniel
Ortega parte como favorito en las elecciones que se celebrarán
en noviembre en Nicaragua.

Humala se desmarcó durante la campaña del pensamiento de su
padre y de las reformas radicales, y aseguró que su proyecto de "nacionalización" no
supone la apropiación de los bienes privados, nacionales o extranjeros,
sino un aumento de la participación pública en los sectores clave
de la economía, como el energético y el transporte aéreo
y marítimo. También prometió que jamás intervendría
en los medios periodísticos. A pesar de que Humala ha intentado moderar
su discurso velasquista, comparte con su mentor la idea de que las Fuerzas
Armadas —en su caso, los ex militares aún no corrompidos por el
poder político— están llamadas a reformar la sociedad para
erradicar la injusticia social y, al mismo tiempo, reconstruir un país
fuerte y soberano.

Este último sentimiento no puede ser más fuerte en Tacna, la
ciudad ocupada por las fuerzas chilenas que en 1929 decidió mediante
un referéndum volver a ser peruana. Desde un regimiento cercano a esa
urbe, en octubre de 2000, Humala, al mando de 69 soldados, se levantó en
armas contra el ex presidente Alberto Fujimori. En ningún otro lugar
de Perú el teniente coronel retirado podía encontrar un campo
tan propicio para renacer como político nacionalista y ello, paradójicamente,
se lo debe a Velasco Alvarado. En 1970, el general comenzó a aumentar
el número de efectivos militares en el sur hasta duplicarlos, y compró cientos
de tanques y otras armas soviéticas que destinó a la zona. Con
estos indicios, el Ejército chileno se preparó para una invasión
de Arica, lo que provocó que ambos países vivieran entre 1973
y 1975 la mayor crisis limítrofe en casi cien años. Humala ha
sabido canalizar todo ese ardor patriótico que permanece abiertamente
intacto en la población y tras los muros del gran número de cuarteles
del desértico sur de Perú.

El ex presidente de Ecuador, el coronel retirado Lucio Gutiérrez, llegó al
poder por el mismo sendero que abrió Chávez y por el que Humala
ha empezado a andar. Se dio a conocer encabezando un fallido golpe de Estado
contra el presidente Jamil Mahuad en 2000 y, tres años después,
alcanzó la presidencia a través de las urnas y con el apoyo de
las comunidades indígenas y la izquierda ecuatoriana. Con el dirigente
nacionalista peruano también comparte su origen mestizo, algo que a
Gutiérrez le sirvió mucho para ganar apoyo popular en un país
que, desde el restablecimiento de la democracia a mediados de los 70, sólo
había tenido presidentes blancos de ascendencia española o libanesa.
Ideológicamente, el coronel es más difícil de "encasillar" que
sus vecinos de Venezuela y Perú. Llegó al poder con un discurso
similar al de Chávez y Humala, pero una vez asentado en el Palacio de
Carondelet giró a la derecha y los mismos movimientos sociales que lo
habían encumbrado se encargaron en 2005 de expulsarlo.

Los tres ex golpistas representan el tercer
Los tres ex golpistas representan
el tercer militarismo latinoamericano apadrinado por Fidel Castro, que
plasma el descontento popular.

Gutiérrez, que en tres años pasó de declararse admirador
de Hugo Chávez a culparlo de su destitución, no termina de aclarar
por qué su Gobierno cambió de rumbo. A partir de su libro El
Golpe
, presentado en Bogotá a finales de 2005, parece querer retomar
el discurso populista que lo llevó al poder. En el texto, el ex presidente
arremete contra las clases media y alta ecuatoriana y contra los grupos con "intereses
oscuros". Asegura, además, que en la rebelión contra él
no participó "el pueblo". Este mensaje parece una vuelta
de Gutiérrez a su discurso original, plasmado en aquella carta que le
envió en 1999 al jefe de las Fuerzas Armadas de Ecuador, general Carlos
Poveda Mendoza, en la que proclamaba el retorno de los militares a la gestión
del país a través de una "revolución democrática" y
desde un "diálogo cívico-militar" con un perfil nacionalista
y antioligárquico.

Un año después, el coronel se califica por primera vez a sí mismo
como un "ferviente" admirador del movimiento bolivariano y se inscribe
en la lista de seguidores de militares de izquierda como Velasco Alvarado,
el panameño Omar Torrijos (que logra que el Gobierno de EE UU devuelva
el canal), el boliviano Juan José Torres y, sin ir más lejos,
del general Guillermo Rodríguez Lara, el máximo exponente ecuatoriano
del movimiento. Este dictador, en el poder entre 1972 y 1976, también
tuvo como objetivos la reforma agraria, el control estatal del petróleo
y el sometimiento de la oligarquía al poder popular. "La doctrina
militar peruana reforzó la de sus pares ecuatorianos, que iban en el
mismo sentido, teniendo como referencias a las teorías de la construcción
de una nación (nation building theory) y de la modernización.
El fin era romper las barreras sociales y económicas para permitir que
todos los habitantes se convirtieran en ciudadanos", explica Fernando
Bustamante, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad San Francisco
de Quito.

Chávez, Humala y Gutiérrez, los hijos de Velasco Alvarado, comparten
en su retórica la teoría de la reconstrucción de una nación,
no necesariamente como respuesta a la devastación de una guerra, sino
a la "descomposición" del Estado tras años de mala
gestión y corrupción, un escenario bastante extendido en América
Latina. Los tres ex golpistas reconvertidos en políticos representan
lo que el abogado y profesor de la Universidad de Lima, Enrique Ghersi, definió en
un artículo como el tercer militarismo latinoamericano apadrinado por
Fidel Castro. El primer militarismo, según Ghersi, "transcurre
después de las guerras de independencia y ocupa casi todo el siglo XIX".
El segundo, "aunque nace en distintos momentos, según cada país,
conjuga progresismo con la doctrina de la seguridad nacional" y va de
Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina a Augusto
Pinochet en Chile. Este neomilitarismo heredero de Velasco se caracteriza,
según el autor, por su "profunda enemistad con la sociedad democrática
y la economía abierta", y porque "tiene un acento populista
pronunciado y una peligrosa dosis de infiltración comunista". "En
el fondo", concluye, "lo que representa es el descontento popular
que existe contra la política democrática en Latinoamérica".

El ex sindicalista cocalero y actual presidente de Bolivia, Evo Morales, no
fue militar ni intentó llegar al poder mediante un golpe de Estado.
No es hijo directo de Velasco, pero sí de su discípulo Hugo Chávez.
Con la venia del mandatario venezolano ya ha nacionalizado los hidrocarburos
y ha dado los primeros pasos para acometer una gran reforma agraria.

De momento, en la escena latinoamericana no se vislumbra una figura emergente
del corte de los dirigentes andinos. No obstante, sí es notable el empeño
del presidente Chávez por ayudar al Frente Sandinista de Liberación
Nacional (FSLN), encabezado por Daniel Ortega, a recuperar el poder en Nicaragua
en las elecciones previstas para noviembre próximo. El veterano líder
guerrillero ya fue presidente entre 1985 y 1990 y su mandato, marcado por el
permanente enfrentamiento con EE UU, acabó en medio de una gran crisis
económica y política tras el intento de implementar un sistema
inspirado en el socialismo cubano. Fue derrotado en las urnas por Violeta Chamorro
y, desde 1997, la presidencia nicaragüense siempre ha estado en manos
de los conservadores. Ahora Ortega ha vuelto de la mano de Chávez y
parece más seguro que nunca de que logrará un segundo mandato.
La negociación por parte del Gobierno venezolano de un acuerdo para
suministrar petróleo a decenas de municipios gobernados por los sandinistas
y la anunciada creación de una compañía petrolera denominada
Alba Petróleos de Nicaragua con aportes de la estatal Petróleos
de Venezuela (PDVSA) han puesto en guardia a Washington, que mira impotente
cómo la revolución bolivariana gana terreno en su patio trasero.

¿Algo más?
La figura de Hugo Chávez no deja indiferente
y ha generado en los últimos años una ingente cantidad
de bibliografía, en gran parte hagiográfica. Entre
las obras dedicadas al comandante destacan Hugo Chávez:
un hombre, un pueblo,
de Marta Hanecker (Circulo
Bolivariano, Caracas, 2002). Hugo Chávez sin
uniforme. Una historia personal,
de Cristina Marcano
y Alberto Barrera Tyszka (Ed. Debate, Madrid, 2002), Chávez:
Venezuela and New Latin America,
de Hugo Chávez
y David Deutschmann (Oceanbooks, Melbourne, 2004).

Sobre cada país en particular, son aconsejables, entre
otros, The Peru reader: History, Politics and Culture, de
Orin Starn, Ivan Degregori y Robin Kirk (Ed. Duke University Press,
Durham, 2005), Indians, oil and politics: A recent
history of Ecuador,
de Allen Gerlach (Scholarly
Resources, EE UU, 2002), Crisis and Dollarization
in Ecuador: Stability Growth and Social Equity,
de
P. E. Berckermann y Andreas Solimano (World Bank Publications,
mayo de 2002), Historia Contemporánea de Ecuador, de
Jorge Salvador Lara (FCE, México, 2002), o Historia
de Bolivia,
de José de Mesa, Teresa Gisbert
y Carlos Mesa Gisbert (Ed. Gisbert, La Paz, 2003).

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