La historia, incluso la de algunos grandes imperios, está llena de muros
para marcar límites o defenderse de los bárbaros. Ahí están,
para recordarlo, la Gran Muralla china o las ruinas del muro de Adriano, construido
para protegerse de las incursiones de los caledonios, predecesores de los modernos
escoceses. Son obras levantadas a lo largo de varios siglos; procesos históricos,
más que acontecimientos puntuales, pero servían para marcar diferencias.

La guerra fría tuvo los suyos, de los cuales el más simbólico
y terrible fue el muro de Berlín, separación que empezó a
erigir la antigua República Democrática Alemana el 18 de agosto
de 1961, y pronto se convirtió en una pared de cemento de cinco metros
de altura, coronada con alambre de espino y custodiada por torretas de vigilancia
y vallas electrificadas a lo largo de 120 kilómetros para rodear totalmente
el Berlín Occidental. Quedan otros restos de aquella etapa, como la
separación entre las dos Coreas.








Los muros de la guerra fría, como de otras dictaduras, se erigieron
para impedir salir a la gente. El proceso de globalización fue un factor
fundamental para el derribo de varias de estas murallas, comenzando por la
de Berlín, sinónimo no sólo del paso hacia la unificación
alemana, sino también del derrumbe de todo el sistema soviético.

Pero la globalización está provocando sus propias contradicciones.
En estos años, pese a los que ven el mundo plano, se van levantando
nuevas barreras físicas o cómo se transforman alambradas en muros,
con nuevas alturas y nuevas tecnologías. Las vallas de Ceuta y Melilla
son otro ejemplo. Pues un aspecto de la globalización es el empuje de
la inmigración legal e ilegal y la necesidad de defenderse de ella.
No es sólo un problema de ...