El nuevo líder colombiano se ha comprometido a realizar reformas en la seguridad de su país. ¿Cuáles son los desafíos? Aplicar una estrategia más global, mejorar las relaciones con sus vecinos… y librarse de la sombra de Uribe.

 

Pocos días después de asumir la presidencia colombiana, Juan Manuel Santos ya empezaba a tomar distancia de su predecesor, Álvaro Uribe. Prueba de ello fue su reciente reunión en Bogotá con su homólogo venezolano, Hugo Chávez.

La campaña militar llevada a cabo durante ocho años por Uribe ha logrado debilitar al principal grupo guerrillero del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), pero de ninguna manera ha conseguido acabar definitivamente con él. Cuentan todavía con entre 8.000 y 10.000 efectivos  y, por medio del reclutamiento forzado, especialmente de niños, han podido remplazar a muchos de los soldados de a pie que fueron muertos o capturados por las fuerzas gubernamentales. Por otro lado, sus crecientes vínculos con el narcotráfico han servido para volver a llenar sus arcas y para asegurarles un flujo constante de ingresos.








En un intento de aislar a la jefatura de las FARC del resto de la organización, las fuerzas de seguridad empujaron a la guerrilla hacia regiones remotas y su presencia fue mermada: en 2002 se encontraban en la mitad de los 1098 municipios que conforman el país, mientras que en la actualidad el porcentaje se ha reducido a un cuarto. Aunque ya no representan una amenaza en los principales centros urbanos, todavía están lejos de desaparecer. Se mantienen a base de minas antipersona, artefactos explosivos improvisados y ataques con francotiradores, técnicas muy baratas y altamente mortales.

En algunas zonas, grupos más pequeños y vulnerables, como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), ...