El desafío de estar permanentemente cuestionándolo todo.

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La incesante aceleración social, económica y cultural que impulsan a diario las nuevas sociedades interactivas, como consecuencia de la multiplicación de informaciones y conocimientos, está propiciando incertidumbres e inseguridades nunca vistas. Este flujo continuo de novedades, así como la aparición de nuevos problemas y encrucijadas, no es fácil de gestionar por más que las inteligencias colectivas, creadas al socaire de la interactividad, fueran capaces de entender qué está ocurriendo y qué salidas habría que tomar. Sin embargo, la explosión de saberes e interpretaciones tampoco aporta mucha luz a la hora de ver cómo se podrían sustituir las certezas y modelos del pasado por otros a la altura de los tiempos que vienen.

Si a ello se une la persistente sensacion de estar a cada momento al borde del colapso, que pudiera producirse como consecuencia del desaforado consumo de recursos o la no menos alocada incidencia de la acción humana sobre su entorno y sobre los recursos no renovables, las inquietudes se acrecientan. Y más si se considera la fragilidad de los liderazgos de los que tienen la posición y obligación de determinar el curso a seguir y que debieran de ir más allá del qué hacer al día siguiente. Algo que es aplicable tambien a las instituciones y modelos de hacer y gobernar surgidos después de la última gran guerra e hijos de una civilización industrial avanzada, ya que son vistas como inadecuadas para abordar los dilemas actuales y hacerlo con la celeridad necesaria. Por lo que hay muchos que abogan por encontrar nuevos paradigmas, mientras que otros se afanan por definir pautas para afianzar la gobernanza, si es que la hubo realmente, de lo establecido. Sin percatarse, unos y otros, que el problema es encontrar los modos de gobernabilidad que se ...