Vista del Stari most de Mostar, Bosnia y Herzegovina (Marco Secchi/Getty Images).
Vista del Stari most de Mostar, Bosnia y Herzegovina (Marco Secchi/Getty Images).

Las sanciones de la UE a Rusia han servido para saber hasta dónde llegan las lealtades políticas o, si se quiere, si las amistades económicas llegan más lejos. Por ejemplo: a los Balcanes.

La mayoría de las publicaciones sobre los Balcanes tiene un puente como portada. Preferiblemente el Stari most de Mostar, aunque también el Rijeka Crnojevića en Montenegro o el puente de Višegrad en Bosnia y Herzegovina, escenario de la excelsa novela de Ivo Andrić: Un puente sobre el Drina. Viene a ser un poco la postal de la Sabana con el árbol y la jirafa en el caso de África. El puente se relaciona con el intercambio cultural y religioso, con las conexiones Oeste-Este, y así toda una serie de imbricaciones simbólicas, que a veces no son más que estereotipos, pero que son amables si los comparamos con las caravanas humanas o las casas incendiadas de otras muchas publicaciones.

En estos últimos tiempos, los Balcanes han vuelto a los medios por la guerra de Ucrania. La ayuda de Vladímir Putin a los "pro rusos" ha servido para que muchos se acordaran cuando Slobodan Milošević desde Belgrado apoyó (utilizó) a los serbios de Kosovo, Croacia o Bosnia y Herzegovina. La diferencia, y no menos importante, es que Ucrania no se acababa de declarar independiente cuando empezó el conflicto, como sí lo hicieron las repúblicas ex yugoslavas por aquel entonces. Como sea, más de 20 años después sigue habiendo tensiones geopolíticas con fronteras de por medio que no se resuelven por vía diplomática. Especialmente el conflicto ucraniano se antoja más complicado, si lo que se quiere es que alguna de las partes gane por la fuerza. ¿La razón? La Federación Rusa no es la misma del año ...