Tailandia está inmersa en una revuelta que puede desembocar en un nuevo golpe de Estado. La élite de este paraíso turístico reclama unos privilegios electorales que ni el Gobierno ni las clases más bajas están dispuestos a permitir. El Ejército, acostumbrado a inmiscuirse de modo antidemocrático en la vida política del país, podría encontrase esta vez con la resistencia de la población más desfavorecida.

Ir en taxi al Palacio de Gobierno de Bangkok está poniéndose cada vez más difícil. Muchos conductores tienen miedo de quedar empantanados en el tráfico. Otros se niegan a transportar pasajeros hasta allí. “No quiero llevar a nadie, sólo hay mala gente que no piensa como yo y que cree que no soy una persona como ellos”, se queja Thanarat Sematol, un taxista que llegó hace un año desde una aldea rural, atraído por el sueño de la gran ciudad. Un sueño roto durante 14 horas al día, las mismas que este campesino de manos nudosas pasa al volante de un taxi que no es suyo, atravesando el tráfico alocado de una metrópolis que ni siquiera conoce bien. “A veces no sé cómo ir a los sitios”, admite riéndose. Entre la gasolina y el alquiler del vehículo, hay días que Tharanat pierde dinero, entre otras cosas porque los taxis de Bangkok son famosos por estar entre los más baratos del mundo. Gracias a las propinas, las carreras al aeropuerto y la inocencia de algún turista despistado, consigue llegar con dificultad a fin de mes y pagar el alquiler de una casa de madera sin agua corriente, donde viven sus tres hijos y su mujer. “No me gusta Bangkok, hace tiempo que quiero volver a mi pueblo, pero no saco valor para irme”.








CHRISTOPHER/AFP/Getty Images



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