El presidente ruso Vladimir Putin y el presidente bielorruso Alexander Lukashenko durante el Consejo Económico Supremo Euroasiático el 25 de mayo de 2023 en Moscú, Rusia. (Contributor/Getty Images)

El protagonismo que ha adquirido el presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko, en su apoyo a Putin en la guerra de Ucrania contiene claves geopolíticas que pueden definir esferas de influencia tanto en el espacio euroasiático como en la dinámica de las tensas relaciones con Occidente.

En el poder en Bielorrusia desde 1994, Aleksandr Lukashenko siempre ha mantenido una relación de cercanía pero también de hábiles (y no siempre fáciles) equilibrios con su vecino ruso. La llegada de Vladímir Putin al poder en 1999 fortaleció esta perspectiva a tal punto que, tras la invasión militar rusa a Ucrania en febrero de 2022, el mandatario bielorruso se ha erigido prácticamente como el más firme aliado internacional de su homólogo ruso, sin menoscabar obviamente a China, Irán o Venezuela, entre otros. 

Esta sintonía entre Putin y Lukashenko se ha exhibido con escasas ambigüedades en las últimas décadas. No obstante, desde el exterior se ha llegado a calificar al líder bielorruso como "el último dictador de Europa", un presidente que viola sistemáticamente los derechos humanos. La Unión Europea ejerce presiones y sanciones orientadas a aislar al régimen de Minsk, incluso implicándolo judicialmente en su presunto papel en la deportación de niños ucranianos, acusación similar que también fue anteriormente vertida contra el presidente Putin por parte del Tribunal Internacional de La Haya. 

Una óptica muy diferente hacia Lukashenko se observa en Rusia. El presidente bielorruso ha recibido públicos apoyos por parte de Putin y las elites de poder en el Kremlin, en gran medida también condicionados por la realpolitik de los intereses rusos en Bielorrusia, así como en la necesidad de mantener alianzas estratégicas en el actual contexto de tensiones con Occidente. 

La guerra de Ucrania no ha hecho otra cosa que fortalecer aún más este estrecho vínculo entre Moscú y Minsk, pero vale la pena intentar descifrar qué claves pueden estar operando dentro de esta relación que cada vez más adquiere un cariz geopolítico para ambos países.

El escudo de protección ante la expansión de la OTAN 

A priori, la crisis en Ucrania pareciera estar definiendo una nueva posición geopolítica para Bielorrusia: convertirse en una especie de escudo de Rusia frente a la expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Una ampliación que en los últimos meses se ha confirmado con la admisión a la Alianza Atlántica de Suecia y Finlandia, muy próximas a las fronteras ruso-bielorrusas, tal y como se concretó en las cumbres de Madrid (2022) y ahora en la de Vilna (2023). Por otra parte, la OTAN ya anunció que no tiene estipulada la inclusión de Ucrania en su seno, al menos a corto plazo.

Líderes del G7, el presidente del Consejo Europeo y la presidenta de la Comisión Europea junto al presidente de Ucrania, Volodomyr Zelensky, en la Cumbre de la OTAN de julio de 2023, en Vilna, Lituania. (Artur Widak/NurPhoto/Getty Images)

Moscú y Minsk han venido considerando esta ampliación de la Alianza como un "agresivo" y "provocador" expansionismo hacia sus respectivas áreas de influencia dentro del espacio ex soviético. Ante este contexto, en febrero pasado, Lukashenko y Putin acordaron el despliegue de armas nucleares tácticas rusas en territorio bielorruso, un proceso que debió completarse a principios de julio, previo a la cumbre de la OTAN en Vilna. Rusia controlaría este despliegue nuclear en territorio bielorruso. Al mismo tiempo, el presidente bielorruso ha llegado a pedir a Moscú la devolución de las armas de destrucción masiva existentes en el territorio de ese país desde tiempos soviéticos. Esto evidencia que la sintonía personal entre ambos líderes ha pasado claramente al plano geopolítico y militar.

Existe un precedente que confirma esta sintonía en materia de seguridad: Bielorrusia aprobó el 27 de febrero de 2022 vía referéndum constitucional realizado cinco días después de la invasión militar rusa a Ucrania, la revocación de su estatus no nuclear, un aspecto que permitió allanar el camino para el despliegue de armas atómicas rusas en ese país. Esto verificaría que Bielorrusia está convirtiéndose en el encaje territorial clave para Moscú a la hora de disuadir a la OTAN ante cualquier tipo de utilización de Estados miembros de la Alianza (Polonia y Lituania), y de no miembros pero aliados y receptores de ayuda militar (Ucrania), como espacio de "agresión" contra Rusia y, al mismo tiempo, su aliado bielorruso.

Lukashenko fue contundente en este sentido: “Si ustedes [Occidente] transfieren armas nucleares a Polonia o Lituania a nuestras fronteras, entonces recurriré a Putin para que devuelva las armas nucleares que entregué sin ninguna condición". Estamos, por tanto, ante una concreción de intereses entre Moscú y Minsk con la finalidad de disuadir nuclearmente a la OTAN a través de su flanco estratégico más sensible: Polonia y las repúblicas bálticas.

¿Es posible una ‘unión ruso-bielorrusa’? 

Por otro lado, es perceptible que la alianza ruso-bielorrusa tiene otras vertientes. Moscú observa a Bielorrusia como una especie de alianza natural histórica, cultural y lingüística de carácter estratégico. 

El objetivo para el Kremlin podría enfocarse en utilizar esta alianza con Minsk como una especie de efecto disuasivo para recuperar espacios de influencia en las repúblicas ex soviéticas euroasiáticas desde Europa Oriental hasta el Cáucaso y Asia Central, donde Rusia tiene intereses estratégicos, aunque ha perdido cierto peso geopolítico, particularmente a favor de China

Observándolo desde una perspectiva histórica, Putin y Lukashenko podrían estar recreando una especie de neoeslavismo de versión postsoviética que enfoca igualmente su atención hacia Ucrania. Estaríamos hablando de que ambos presidentes podrían estar diseñando políticas conjuntas de recuperación de cierta visión paneslavista entre los tres Estados clave dentro de este espacio étnico y cultural, siendo éstos Rusia, Bielorrusia y Ucrania. No debe menoscabarse el efecto emocional que genera esta perspectiva en determinados sectores de las sociedades de esos países.

Por otro lado, esta sincronía de intereses ruso-bielorrusos podrían significar para el Kremlin la posibilidad de revitalizar sus alianzas en espacios de integración como la Unión Euroasiática (creada en 2015) y, en menor medida, en mecanismos de menor visibilidad como la Comunidad de Estados Independientes, creada en 1991 tras la disolución de la URSS. 

Lukashenko ha realizado públicas demostraciones de apoyo a los intereses geopolíticos rusos en diversas reuniones de estos organismos. Toda vez, el presidente bielorruso también ha servido como catalizador de estos intereses del Kremlin en áreas de influencia rusas, tal y como se vio en septiembre de 2022 con su visita a Abjasia, un Estado de facto segregado de Georgia tras la guerra ruso-georgiana de 2008.

Por otro lado, se especula en medios occidentales, con escasas pruebas convincentes, de que el Estado de la Unión suscrito en 1999 entre Rusia y Bielorrusia se materialice en una integración total para 2030. De ser esto posible, estaríamos asistiendo al primer caso de reagrupamiento de ex repúblicas soviéticas tras la disolución de la URSS, ahora probablemente bajo un nuevo esquema de integración.

No debemos tampoco desestimar el factor económico, en particular la dependencia económica bielorrusa de Rusia, especialmente en materia energética y de asistencia  financiera. Putin ve también al país vecino como el tránsito alternativo más fiable para el proyecto de distribución de las rutas de oleoductos y gasoductos rusos hacia Europa, truncados súbitamente por las tensiones existentes con Ucrania desde 2014 y, principalmente, tras la invasión militar rusa de 2022. Así mismo, Bielorrusia tiene un importante complejo militar-industrial heredero de los años soviéticos que Moscú observa con interés especialmente ante la actual guerra en Ucrania. 

Ahora bien, la posibilidad de concretarse este esquema de integración ruso-bielorruso amparado en visiones paneslavistas, ¿podría significar una nueva modificación de fronteras en el Este de Europa?; ¿supondrá esto una especie de vasallaje económico y pérdida de soberanía política por parte de Minsk a favor de su poderoso vecino, tal y como alegan algunos expertos occidentales y activistas políticos bielorrusos?; ¿o, por el contrario, reforzará un mecanismo de cooperación binacional autónomo con respecto a Occidente y con capacidad para eventualmente constituirse en una referencia para otras repúblicas ex soviéticas?; ¿entraría Ucrania en esta visión integradora ruso-bielorrusa?; el reforzamiento de la cooperación militar entre Moscú y Minsk, ¿podría significar una apertura de operaciones bélicas en Ucrania ahora desde una especie de frente bielorruso?; ¿qué intereses puede tener Lukashenko ante esta perspectiva?

Ucrania: ¿la posibilidad de un ‘Donbás’ bielorruso?

Estas interrogantes nos llevan al escenario ucraniano donde Lukashenko podría ahora tener intereses geopolíticos compatibilizados con los Putin, en particular, a la hora de generar en Ucrania esferas de influencia defensivas, como las existentes por parte de Moscú en Donbás, Mariúpol y Crimea, que permitan defender a las comunidades ruso y bielorrusoparlantes. 

Este contexto podría persuadir al presidente bielorruso a manejar también otras expectativas en el plano territorial con la intención de crear zonas de influencia propias para defender comunidades fronterizas de habla bielorrusa en Ucrania Occidental. Actualmente, existen unos 275.000 bielorrusos de origen en Ucrania, siendo poco más de 54.000 la población nativa. Minsk podría argumentar eventuales indicios históricos concretos de reclamación de soberanía o de protectorado de esas poblaciones derivados de repartos territoriales del pasado. 

Un soldado bielorruso camina por un campamento recién construido que podría albergar potencialmente hasta 5.000 soldados Wagner, en julio de 2023, cerca de Tsel, Asipovichy, Bielorrusia. (Adam Berry/Getty Images)

En este sentido, la aportación de Lukashenko como mediador para desactivar la crisis interna en Rusia motivada por la rebelión Wagner en junio pasado, y la decisión conjunta de desplazar a estos efectivos a territorio bielorruso, podrían indicar que estas expectativas de Lukashenko comenzarían a cobrar forma con la aparente aceptación de su aliado Putin. Todo ello teniendo en cuenta que el régimen de Minsk estaría intentando ganarse la confianza del Kremlin para poder materializar algunos de estos objetivos de carácter geopolítico en Ucrania.

El propio Lukashenko llegó a advertir recientemente desde San Petersburgo, durante un encuentro con su homólogo ruso, sobre las aparentes pretensiones de los Wagner asentados en territorio bielorruso (particularmente en la región de Mogilev, muy próxima a la frontera con Ucrania) de supuestamente realizar "una incursión armada en Polonia" desde Bielorrusia. En este encuentro, Putin también insinuó que "Polonia quiere invadir Bielorrusia", una declaración que podría servir de atenuante para que Moscú y Minsk justifiquen y aceleren preparativos militares defensivos abriendo un posible frente bielorruso al calor de la guerra en Ucrania. 

Bielorrusia ha declarado públicamente que no realizará una intervención militar en Ucrania salvo en caso de ser objeto de una agresión. Si bien no parecen existir evidencias concretas de inestabilidad en la frontera ucraniano-bielorrusa, la proximidad de la presencia de los Wagner y las recientes declaraciones de Putin y Lukashenko en San Petersburgo ponen en alerta a Kiev y la OTAN.

Teniendo en cuenta que existe población de origen bielorruso en Ucrania occidental, donde el ruso y el bielorruso son lenguas maternas, y al igual que lo sucedido en el Donbás desde 2014, no sería descartable que algunos de estos núcleos de población demanden a Minsk una mayor intervención en los asuntos ucranianos, recreando así la ficción de una especie de Donbás bielorruso. Esta perspectiva podría incrementarse debido al proceso de "desrusificación" lingüístico, histórico y cultural que está llevando a cabo Kiev desde hace años y que viene acelerándose desde el comienzo de la guerra.

Por otro lado, no hay que olvidar que Lukashenko tiene experiencia política como mediador dentro del conflicto ucraniano, específicamente en el caso del Donbás, al haber sido garante de los Protocolos de Minsk de 2014 y 2015, en los cuales estaban incluidos Bielorrusia, Rusia, Ucrania y las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk bajo el auspicio de la OSCE. Estas negociaciones buscaron infructuosamente poner fin a las hostilidades.

Ante las tensiones entre Ucrania y Bielorrusia, Moscú tiene bazas militares importantes más allá de las anteriormente mencionadas sobre el despliegue de arsenal nuclear táctico. Minsk transfirió a Rusia el pleno control de dos aeródromos militares, incluido material de vuelo, así como el suministro de armamento desde el comienzo de la guerra, especialmente tanques y decenas de vehículos de combate de infantería, todos ellos importantes para seguir manteniendo el esfuerzo de guerra ruso en Ucrania. 

Putin sabe que puede contar con el apoyo de Lukashenko y ahora de un "nuevo Wagner" post Prigozhin, actualmente asentado y neutralizado en territorio bielorruso bajo la supervisión de las Fuerzas Armadas de Rusia y Bielorrusia con el objetivo de establecer un "cordón sanitario" contra la OTAN en la frontera con Ucrania, contando así con un corredor estratégico que llevaría igualmente hacia el enclave ruso de Kaliningrado, donde Moscú tiene apostadas armas nucleares.

Una alianza que piensa también la sucesión en el poder

El blindaje presidencialista de Lukashenko y Putin a través de reformas constitucionales da a entender otro escenario que gravita en los cimientos de esta alianza: la sucesión de poder en Minsk y Moscú, una vez ambos mandatarios ya no estén al frente de sus respectivos Estados, y cómo esta alianza ruso-bielorrusa podría perdurar en los próximos tiempos.

Lukashenko obtuvo su sexta reelección en 2020, hecho que como mencionamos anteriormente motivó fuertes protestas en el país. No obstante, el 27 de febrero de 2022, cinco días después de la invasión rusa a Ucrania, se celebró un referéndum de reforma constitucional en Bielorrusia que, además de suspender el estatus no nuclear de Bielorrusia, reforzó los poderes presidenciales de Lukashenko al obtener el 65% del respaldo popular. Esta reforma constitucional en Bielorrusia que reforzó a Lukashenko recuerda un proceso similar realizado vía referéndum por Putin en Rusia en julio de 2020 (ratificado por decreto en 2021) que le permite, entre otras facultades, presentarse indefinidamente como candidato a la presidencia.

Independientemente del nuevo encaje de poder en Minsk y Moscú, hay una pregunta que sigue planeando dentro de la política de ambos países: la sucesión de poder. La avanzada edad de ambos mandatarios, Lukashenko con 68 años y Putin con 72 implica observar con atención los manejos internos de poder y hasta qué punto los intereses de uno y otro están compatibilizados.

Contando con el apoyo de Putin, el líder bielorruso logró superar las protestas de mediados de 2020, impulsadas en ese momento por una coalición opositora liderada por Svetlana Tijanóvskaya, hoy exiliada en Lituania. La justicia bielorrusa ha condenado a Tijanóvskaya y a otros líderes opositores del país a penas de hasta 15 años de prisión por presunta "conspiración para tomar el poder por la vía anticonstitucional".

Por otra parte, la guerra en Ucrania y la fracasada rebelión de Wagner han acelerado el camino político de Putin para realizar calculadas purgas políticas, principalmente hacia líderes opositores (Alexei Navalny), grupos de exiliados, algunos de ellos oligarcas que formaban parte de la estructura de poder del Kremlin y otros (Yevgueni Prigozhin) que podrían albergar ambiciones políticas. A priori, nada parece indicar que el Presidente ruso tendrá serios problemas para alcanzar una nueva reelección en 2024. La misma perspectiva parece observarse en el caso de Lukashenko, cuyo actual mandato finaliza en 2025.

Mucho se habla en los medios occidentales sobre una posible sucesión presidencial en Bielorrusia, poniendo el foco en el menor de los hijos de Lukashenko, Nikolai, hoy de 19 años. Más allá de los rumores, no parece esclarecerse como algo factible, al menos a corto plazo, que esta transición de calado familiar, muy parecida a las establecida en Corea del Norte en las últimas décadas, pueda escenificarse en Bielorrusia. Por otro lado, Putin aún no parece persuadido a dar curso a algún tipo de sucesión en el poder en el Kremlin, pero las elecciones presidenciales pautadas para marzo de 2024 pueden definir algún tipo de señales sobre qué giro tomará la política rusa para los próximos años. Pero existe un hecho evidente: Lukashenko ya ha entrado con notable protagonismo dentro de la política rusa y de la mano de Putin. Su papel como mediador en la rebelión de Wagner y su aceptación de concentrar a estas fuerzas paramilitares privadas en su territorio le ha granjeado una notable imagen ante el Kremlin como un "líder responsable" y ya no simplemente como un "vasallo de Putin". Un tratamiento muy diferente al que en Occidente se observa del presidente bielorruso. Sin embargo, este contexto también determina otro escenario, una especie de hecho consumado que cada vez más se verifica con la guerra en Ucrania: el futuro de Lukashenko está cada vez más ligado, directa o indirectamente, al Kremlin.