El escritor representa a la China rural y también a la del cambio, pero no a la de después del cambio.

 









mo yan


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La literatura de Mo Yan refleja, además de muchas otras cosas, una mirada ambivalente sobre la evolución de China. En un primer momento su lectura parece presentar una crítica irónica y valiente, sobre muchas de las circunstancias de la sociedad en la que ha vivido y vive. Sin embargo, no existe una conclusión –esa que, tan insistentemente, los medios occidentales quieren sacarle.

Tal vez la ausencia de esa conclusión sea sincera y no el resultado de la presión o el interés, u otras razones, y se deba a lo que Mo Yan presenta en un estado de lectura más profundo, en el que parece apuntar a una actitud en cierta manera existencial, con referencias a Lao Tse y con una dimensión espiritual o sobrenatural sin definir. Algo que le eleva, en sus propias palabras, más allá de la política. Algo así como que la vida merece la pena vivirla y es fuente de gozo, cualesquiera que sean las circunstancias en las que se vive. Así se explica que cuente lo bien que se lo pasaba a principios de los 60, en pleno apogeo del maoísmo, cuando comía carbón a falta de otra cosa que llevarse a la boca: “Hacíamos muchísimas cosas divertidas. En el primer puesto de la lista estaba comer cosas que nunca antes habíamos pensado que fueran comida”.

La crítica del sistema está presente, y es despiadada, pero la experiencia vital está por encima. En China, seguramente por el agnosticismo y ateísmo prevalentes, hay mucha gente que profesa un híbrido filosófico-religioso similar –por otra ...