Sospechosos de pertenecer a la secta mungiki son detenidos por las autoridades. (Tony Karumba/AFP/Getty Images)
Sospechosos de pertenecer a la secta mungiki son detenidos por las autoridades. (Tony Karumba/AFP/Getty Images)

Una inquietante y opaca naturaleza espiritual se une a actividades delictivas.

El actual panorama religioso de África sugiere una profunda convulsión espiritual. Las religiones tradicionales (cristianismo e islam, principalmente), compiten con innumerables ramas rebeldes y credos animistas que, en muchos casos, se organizan a modo de secta. Inocuas o agresivas; recientes o con su origen en el siglo XIX o incluso anterior; con millones de adeptos o conformadas por la comunidad de un solo barrio. El abanico es, desde luego, inmensamente amplio.

De entre todas ellas destacan los mungiki de Kenia, cuya inquietante y opaca naturaleza espiritual, así como sus actividades delictivas, más propias de la mafia y el crimen organizado que de un culto, plantean un intenso debate sobre si deben ser considerados miembros de una secta o mera banda pendenciera. Y es que, de hecho, este grupo ha sido protagonista durante las últimas tres décadas de la actualidad social y política del país, uno de los Estados más estables del continente y paradigma del desarrollo africano. Así, asumiendo esta variedad de perfiles de los mungiki, ¿en qué medida se les puede considerar una secta de la misma manera que a los kitawalistas o los kimbanguistas?

Su actividad comenzó a mediados de los 80 en el valle del Rift y se entroncan directamente con la herencia dejada por los mau mau, un movimiento anticolonial de los 50 cuyo objetivo era acabar con la influencia británica y todo su poso cultural. Los primeros mungiki, miembros de la tribu kikuyu (mungiki significa ‘multitud’ en su lengua), sufrían unas precarias condiciones sociales y las políticas gubernamentales sobre la distribución de las tierras, que entonces beneficiaron a los masai, supuso una aceleración en la organización y actividad ...