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Un soldado ugandés patrulla las calles de Merka, una ciudad cerca de Mogadiscio, como parte de la AMISOM. (MOHAMED ABDIWAHAB/AFP/Getty Images)

“Lo que está sucediendo en el país es una catástrofe que, en realidad, viene ocurriendo desde hace 11 años”. Desde Vila Somalia, el palacio gubernamental que tantas veces ha intentado destruir Al Shabaab, el presidente somalí Mohamed Abdullahi Farmajo hablaba el pasado febrero para altos cargos de su gobierno, responsables de los cuerpos de seguridad y de los servicios de asistencia humanitaria. El grupo terrorista, asociado a Al Qaeda, había vuelto a atentar en la capital de un país que ha perdido ya la cuenta de sus muertos. La idea de que la misión desplegada hace más de una década por la Unión Africana en Somalia (AMISOM, por sus siglas en inglés) pueda poner fin al conflicto resulta cada día más lejana. Al Shabaab sigue controlando buena parte del sur del país, cuenta con un importante respaldo social y su capacidad ofensiva es suficiente para hacer temblar a toda la región. El propio Farmajo reconoció en su alocución de febrero que la guerra contra el terror en Somalia está lejos de terminar. ¿Ha llegado la hora de empezar a negociar con el grupo terrorista una salida?

 La sociedad somalí recela de lo que está por venir. “Cuando nos vayamos, Al Shabaab va a seguir aquí. Entonces, ¿por qué la población iba a acudir a nosotros si saben que nos vamos a ir y tendrán que rendir cuentas a Al Shabaab?”, reflexionaba en 2017 el coronel Chris Ogwal, por entonces máximo responsable del batallón XXI desplegado en Arbiska, en pleno valle del Shabelle, en la primera línea defensa de Mogadiscio.

Lo ocurrido desde entonces no ha hecho más que corroborar esta tesis. Pese a las advertencias de algunos ...