La muerte del disidente cubano fortalecerá la posición de quienes defienden una política más dura hacia la isla.










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El caso Haidar señaló que una sola persona puede modificar la política de varios países. Algo similar podría ocurrir con la muerte de Orlando Zapata Tamayo en Cuba –uno de los 58 presos de conciencia  reconocidos por Amnistía Internacional–, máxime cuando en este caso se ha creado un mártir. Por primera vez, el Presidente cubano se ha visto obligado a lamentar públicamente la muerte de un preso político, lo cual, pese a la retórica contraria, implica reconocer su estatus. Aunque dicha declaración se debe a las circunstancias particulares que supone la coincidencia de la visita de Estado del presidente brasileño Lula en La Habana, es la primera vez que ocurre.

Más allá de la carga política, la muerte de Orlando Zapata también es una tragedia humanitaria que refleja la crítica situación que sufren los grupos más vulnerables, y particularmente los presos, en la isla. También es cierto que, a diferencia de muchos otros países del mundo, la muerte de un preso político en Cuba no es algo habitual, sino que ocurrió por última vez en 1972, en el denominado quinquenio gris de la persecución a intelectuales y homosexuales.

La sucesión de Castro a Castro ha iniciado el paulatino declive de un régimen destinado a desaparecer si no logra mejorar la situación económica, incluir a las generaciones postrevolucionarias en el proyecto político, reconocer la divergencia de opiniones y conceder más espacios de libertad. Lo que ha caracterizado al pueblo cubano en los últimos veinte años es la resistencia contra la hostilidad de Estados Unidos y la escasez económica. Si, desprovisto del liderazgo carismático, el ...