La profesión se enfrenta a grandes desafíos que hacen peligrar la libertad de prensa.

El reportero Sammy Ketz cubriendo la guerra en Siria mientras un francotirador abre fuego en las calles de la ciudad de Maalula, septiembre de 2013.



Para los periodistas que informan sobre conflictos ha sido una primavera llena de altibajos: de la alegría por la liberación de seis colegas secuestrados en Siria a la desesperación por los asesinatos de otros tres en Afganistán. Uno de los liberados en Siria fue Javier Espinosa, corresponsal del diario El Mundo; una de las asesinadas fue Anja Niedringhaus, fotoperiodista de la agencia AP. Ambos habían trabajado en Sarajevo durante el asedio de 1992 a 1995.

Desde el Día Mundial de la Libertad de Prensa en 2013, al menos 60 periodistas han muerto a causa de su trabajo, y Siria e Irak son los lugares más peligrosos. Como es natural, los más amenazados son los propios periodistas sirios, incluidas las numerosas personas que ejercen el periodismo ciudadano y los activistas que se esfuerzan por difundir informaciones sobre los combates. Los reporteros internacionales han demostrado que están dispuestos a asumir los riesgos inherentes a los conflictos, pero las amenazas directas de secuestro han empujado a muchas empresas de medios de comunicación a reducir o interrumpir la cobertura en el interior de Siria.

En diciembre, más de una docena de medios de comunicación internacionales escribieron al Consejo Militar Supremo (CMS) del Ejército sirio libre, en la oposición, sobre "el peligro cada vez más habitual de secuestro". Debido al riesgo creciente, decían, muchos medios "han decidido limitar su información sobre la guerra". Como respuesta, el CMS prometió proteger y apoyar a los periodistas, pero dijo que la mayoría de los posibles secuestradores quedaban fuera de su control.
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