El Ejército israelí teme que misiles antiaéreos de última generación y armas químicas lleguen a manos de la guerrilla chií libanesa Hezbolá.

 













AFP/Getty Images

Un soldado libanés hace guardia en la frontera entre Líbano e Israel mientras un vehículo con la bandera de Hezbolá pasa.

 

Mientras el Gobierno israelí continúa sin admitir ni desmentir la autoría de los bombardeos efectuado durante la madrugada del pasado día 30 de enero hay varios indicadores  que parecen así confirmarlo. Comenzando por el mensaje en clave transmitido por el ministro de Defensa Ehud Barak en la Conferencia de Seguridad de Munich al ser preguntado al respecto (“Cuando Israel dice algo la cosa va en serio”) y continuando por toda una serie de movimientos registrados durante los días anteriores: la instalación de dos baterías anti-misiles Patriot en Haifa y Safed, la presencia del director del servicio de inteligencia militar en Washington y la del consejero de seguridad nacional en Moscú, y las declaraciones previas del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Después de las primeras informaciones al respecto –confusas y probablemente orientadas a provocar una cierta desinformación– todo apunta a que la redada aérea tuvo como objetivo principal un convoy militar que se encontraba junto al Centro de Estudios e Investigación Científica de Yamraya, situado en la periferia de Damasco y a unos 15 kilómetros de la frontera. Imágenes difundidas posteriormente por la televisión siria muestran cómo varios edificios de este complejo militar –que supuestamente alberga parte de su programa de desarrollo y almacenamiento de armas químicas– resultaron igualmente dañados, aunque aparentemente por las explosiones secundarias de las armas convencionales que transportaba el convoy.

A pesar de que algunas filtraciones interesadas apuntaran ...