El país oceánico pretende diversificar su economía para una menor dependencia de Pekín.

 










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Si el diccionario de clichés periodísticos australianos tuviese que reducirse a una sola entrada, esa sería el país afortunado. El término acuñado por el crítico Donald Horne en 1964 se ha convertido en el hiperónimo de referencia para los tantos caminos fructuosos que han dado a la tierra soñada desenlaces idílicos.

En el plano económico, la nación continental se alza entre las 15 mayores potencias del mundo y se enorgullece de haber encadenado 22 años de crecimiento continuo. La envidia de toda economía desarrollada. Pero a pesar de su posición privilegiada a las puertas de mercados como el Indonesio –con un crecimiento superior al 6% anual– y con un  patio trasero repleto de riquezas minerales, los australianos recuerdan insistentes que su suerte no es heredada, sino trabajada.

El país ha forjado su historia y afluencia mimando sus exportaciones y nutriéndose de fortuitos hallazgos. Su red de transportes y comercio se vertebró gracias a la fiebre del oro de mediados del siglo XIX. Tal fue el sueño dorado que Melbourne se convirtió de la noche a la mañana en la segunda ciudad más grande del imperio británico después de Londres.

El oro dio paso al hierro, en gran demanda durante la primera mitad del siglo XX a causa de las dos grandes guerras, y a éste le siguieron el carbón y el uranio para acomodar las demandas energéticas de mediados de siglo.

Pero a pese a la diversificación del sector minero y el buen ritmo de las exportaciones, Australia continuaba acomodada en su utópica política blanca, con una economía proteccionista y poco ...