Incrementar la austeridad no va a salvar la economía mundial. Construir infraestructuras, es posible que sí.

 

La creciente inquietud actual por las malas perspectivas de crecimiento no es una mera resaca del tumulto financiero de 2008. En Estados Unidos y en varios Estados europeos, la creación de empleo sigue siendo escasa. En algunos países avanzados, las rentas nacionales están aún por debajo de los niveles anteriores a la crisis. El futuro a medio plazo para EE UU y Europa no es nada prometedor. Y eso no sólo hará que a las economías avanzadas les sea más difícil abordar los problemas fiscales y de paro, sino que reducirá las posibilidades de crecimiento de los países en vías de desarrollo, en muchos de los cuales –sobre todo en Oriente Medio y el África subsahariana– faltan oportunidades de trabajo. ¿Consecuencia? Millones de personas atrapadas en la pobreza, lo cual crea un campo de cultivo para la inestabilidad social. Y, aunque los gobiernos de las dos orillas del Atlántico están pensando en recortes presupuestarios, lo que el mundo necesita ahora por encima de todo es crecer.

Sin crecimiento, a las economías avanzadas les resultará muy difícil y muy doloroso aumentar las cifras de empleo y reducir de forma sustancial su deuda. ¿Pero cómo hacerlo? La solución podría consistir en una iniciativa de inversiones mundiales en infraestructuras, sobre la base de dos elementos fundamentales. El primero, que las economías industrializadas necesitarían gastar miles de millones de dólares en proyectos de infraestructuras, bien modernizando viejas instalaciones o construyendo otras nuevas que desatasquen el crecimiento. Pero eso podría no ser bastante para generar suficiente crecimiento y empleo. Por tanto, los responsables políticos, empresarios e inversores deberían también promover y facilitar este tipo de inversiones en los países en vías de ...