Un hombre echa gasolina en Riad, Arabia Saudí. (Hassan Ammar/AFP/Getty Images)
Un hombre echa gasolina en Riad, Arabia Saudí. (Hassan Ammar/AFP/Getty Images)

Hace pocas semanas, el club de los mayores productores de petróleo del mundo llegó a un acuerdo con el que decían que iban a relanzar los precios del crudo. Algunos inversores y periodistas han sacado el champán y se pueden estar equivocando… y no sólo por no tener en cuenta el efecto Trump.

Recapitulemos. El miércoles 28 de septiembre, la OPEP, el cártel que agrupa a los mayores productores mundiales de oro negro, pactó en Argelia poner un tope a la producción mundial de alrededor de 33 millones de barriles diarios a finales de noviembre, que supondría, en estos momentos, recortar casi 800.000 barriles diarios.

Los más optimistas ya preveían tres consecuencias interesantes: primera, la reducción animaría los precios, porque habría menos oferta en un mercado con la misma demanda; segunda, el acuerdo significaba un acercamiento inesperado (y prometedor) entre dos púgiles geopolíticos como Teherán y Riad y tercera, esta decisión anticipaba nuevos recortes aún más relevantes en los próximos meses y años.

La respuesta no se hizo esperar. En la jornada siguiente, el petróleo de referencia en Europa (Brent) se catapultó casi un 6% y el de referencia en Estados Unidos (WTI) se apreció algo más de un 5%. Además, se produjo una feliz coincidencia. El Departamento de Energía de la primera potencia mundial acababa de anunciar que, durante la semana anterior, las existencias nacionales de crudo habían caído en casi dos millones de barriles cuando los expertos esperaban que aumentasen en más de tres millones.

Todos sabemos sumar y restar: la OPEP había anunciado la reducción de su producción y uno de los dos mayores importadores de crudo del mundo decía que sus inventarios habían adelgazado. Iba a haber menos oro negro fluyendo por el mundo ...