Un mundo muy alejado de los ideales de Madiba: la supremacía y el abuso de poder de unos grupos frente a otros en base a la historia, raza, herencia, religión o educación están a la orden del día.

 

 










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Todo son elogios para Nelson Mandela tras su fallecimiento. En la abrumadora reacción internacional, el ex presidente surafricano está siendo presentado como un líder global, del que todos, incluidos muchos jefes de Estado y de gobierno, dicen recibir inspiración y utilizar como ejemplo. Incluso alguno le ha presentado como el presidente del mundo ideal. ¿Cuánto de cierto hay en esta retórica? Poco, muy poco.

El impacto de Madiba sobre la historia de su país y sobre la causa de la no discriminación racial es indiscutible, enorme e irreversible, pero ¿y sobre el resto? No puede separarse su posición a cerca de las cuestiones raciales del resto de sus creencias. Forman un todo lógico. La vocación política de Mandela nace de una reacción física y moral, además de racional, contra lo que el hombre blanco estaba haciendo en su país y en el mundo, contra la dominación de unos grupos por otros, contra la imposición de los intereses de unos pocos sobre los derechos de muchos, contra la supresión de la voz de grupos enteros de población y contra la existencia de pobreza y desigualdades dramáticas.

El hecho de que Mandela tuviera la capacidad e inteligencia de dirigir su reacción sólo contra los hechos y no contra las personas no debería, más bien al contrario, desviar la atención de hacia dónde se orientaban sus ideas políticas. El líder surafricano hizo de la coherencia uno de los rasgos de su ...