Cómo el poder en la región sigue el camino hacia la autocracia.

“¿Acaso podía decirle a Tito que no quería fotografiarlo? Claro que sí, y también podía elegir si me colgaban o me fusilaban. Sólo que sus secuaces se multiplicaban como amebas. Seis repúblicas y en cada una de ellas al menos 20 pequeños Titos, y yo, hala, de un lado a otro del país, del Triglav al Djevdjelija, y a retratar ¡La madre que los parió a todos!”. Uno de los personajes de Miljenko Jergović, en su célebre novela La casa de nogal, retrató el lado menos feliz de un sistema, el yugoslavo, que tenía más de autoritario de lo que habitualmente muchos están dispuestos a reconocer.

Es difícil hoy desmitificar la Yugoslavia del pasaporte rojo, las vacaciones en la costa y la bonanza económica, como un mantra repetido hasta la saciedad entre los que aparentan al final ser más yugomaterialistas que yugonostálgicos. Es fácil destacar todo lo que había de moderno en el proyecto yugoslavo, especialmente, saliendo de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, pero más difícil es reconocer que se sustentaba sobre un modelo autoritario personalizado en la figura de Tito y los privilegios de la jerarquía militar: las dos únicas instituciones, además del rock yugoslavo, que respaldaban la federación. Tras 25 años de elecciones multipartido, la región inicia una nueva decadencia autoritaria que parece confirmar el fracaso de la primera intentona democrática postyugoslava, como también una inercia que hunde sus raíces en una cultura política más compleja.

Un niño macedonio al lado de la estatua del mariscal Tito, jefe de Estado de la antigua Yugoslavia.
Un niño macedonio al lado de la estatua del mariscal Tito, jefe de Estado de la antigua Yugoslavia.

En los últimos años hemos ido viendo dos dinámicas. Croacia entraba en la UE en 2013, Kosovo iba consolidando su independencia y el resto de países de la región avanzaban en ...