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Trabajadores seleccionan uvas en los viñedos del Cono Sur, Chile. Martin Bernetti/AFP/Getty Images

La formación y el desarrollo de agrupaciones industriales pueden impulsar las inversiones y la innovación en los países de la región, haciendo más competitivas a las economías latinoamericanas.

Los círculos académicos y de debate político siempre están pensando en la próxima gran idea sobre desarrollo. Sin embargo, en Latinoamérica y el Caribe, la realidad es que no hemos logrado materializar ni siquiera algunas de las estrategias más básicas para promover el desarrollo y la creación de empleo al nivel necesario. Una de las grandes ideas que ha pasado de moda es la importancia de agrupar las actividades industriales y enlazar esos grupos locales con cadenas de valor de ámbito mundial para fomentar más inversiones, la innovación y, en definitiva, actualizar los modelos de crecimiento económico. Los responsables políticos no deben desperdiciar las posibilidades inexploradas que ofrece esta actualización de las redes existentes y promover el desarrollo de sectores industriales basados en el conocimiento.

La región ha tenido cierto éxito en ese frente, como con la industria del vino en Chile. La combinación de inversiones extranjeras directas, importaciones de bienes de equipo especializados y  recursos humanos muy cualificados ha sido clave para la modernización tecnológica del sector. La economista italiana Elisa Giuliani estudió las empresas del valle de Colchagua, una región famosa por sus vinos de primera calidad, y advirtió que la gran mayoría de las empresas habían adoptado nuevas tecnologías para mejorar las técnicas de bodegas, plantas embotelladoras y procesos de producción como la viticultura y la vinificación.

Igual de importante, señala Giuliani, fue la formación de una agrupación empresarial del sector del vino chileno que ofrecía servicios complementarios muy especializados: asesoramiento profesional en el viñedo y el terroir, implantación de determinados certificados de calidad, diseño y embalaje y ayuda en las ferias y los concursos internacionales. Además de que eso permitió que las empresas intercambiarán información y colaborarán en la búsqueda de soluciones a los problemas, la agrupación servía también para relacionarse con instituciones nacionales de investigación y asociaciones empresariales y, de esa forma, poder acudir a otras fuentes de conocimiento. Todo ello fue crucial para impulsar la capacidad exportadora de Chile y convertirlo en el cuarto exportador de vino del mundo.

Como demuestra el ejemplo chileno, las agrupaciones (clusters en inglés) pueden ser instrumentos eficaces para aumentar la competitividad y desarrollar comunidades locales. Además es fundamental su función de reunir empresas que están próximas geográficamente y abordar así todas las actividades necesarias para llevar un producto o servicio desde que es una idea hasta el mercado. Y pueden proporcionar un mecanismo muy necesario para que un país pase de una dependencia excesiva de la producción de materias primas a sectores industriales más flexibles y resistentes.

Es frecuente que el propio mercado forme agrupaciones de manera natural, cuando las empresas se especializan y tratan de sacar provecho a las economías de escala. Pero hace falta un esfuerzo concertado y político para promover la creación de cadenas de valor y cultivar las colaboraciones estratégicas entre el mundo científico, el sector público y el sector privado que permiten la transferencia de tecnología y la integración de las pequeñas y medianas empresas.

México, por ejemplo, construyó su industria de software, de mediana dimensión, gracias a las agrupaciones que fueron formándose en varias ciudades. En Monterrey, el factor fue la presencia de profesionales muy cualificados, mientras que en Ciudad de México y Guadalajara se ha desarrollado gracias a las actividades de las empresas multinacionales del sector de la electrónica. La existencia de las agrupaciones permitió la modernización de los productos y los procesos, pero está por ver si las mejoras en la productividad van a extenderse, y hasta qué punto, al resto del país. Las pequeñas y medianas empresas suelen tener más dificultades para participar en segmentos industriales controlados por las grandes compañías, por lo que unas políticas específicas podrían reorientar sus esfuerzos hacia otros sectores más estratégicos.

Costa Rica, por ejemplo, desarrolló una agrupación de producción de componentes electrónicos alrededor de Intel, la empresa fabricante de chips, que estaba presente en el país. Pero la decisión de esta compañía de cerrar su fábrica en 2014 puso en grave peligro la existencia de la agrupación y demostró la importancia de construir unos ecosistemas de innovación más adaptables, capaces de seguir creciendo aunque alguna de las industrias que los anclaban se marche. Esto se puede lograr con políticas que apoyen los esfuerzos de modernización de los proveedores y eviten la tentación de supeditar las agrupaciones a la presencia de unas cuantas multinacionales.

Para ser competitivos a escala mundial es necesario aprender e innovar constantemente. Y a medida que América Latina y el Caribe progresan, la política puede ejercer una influencia muy positiva, con un papel catalizador y comprador y con su apoyo a la investigación, la educación básica y la formación. No son unas ideas muy complicadas; es mera innovación y coherencia política.

 

El artículo original y en inglés ha sido publicado con anterioridad en Global Americans. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.