[1] Irán

Después de casi veinticinco años de luchar contra Sadam Husein,
los líderes chiíes que gobiernan en Teherán deben agradecer su poder a la guerra.

Vali Nasr

SE PREVEÍA QUE EL NUEVO IRAK FUESE UN modelo para Oriente
Medio y una amenaza para la teocracia de Irán. En lugar de ello, Teherán ha
resultado ser el máximo vencedor de la guerra americana. Hay poca estabilidad
o democracia ahora en tierras mesopotámicas como para impresionar a los iraníes.
El conflicto, que ha despertado más temores que esperanzas, no ha hecho nada
para disminuir el control de los clérigos sobre el país persa. Los iraníes se
alegraron de la caída de Sadam, con quien se habían enfrentado en una guerra
de ocho años en la que murieron cientos de miles de ellos, muchos en ataques
con armas químicas. Para Irán, la guerra de Irak produjo beneficios estratégicos
porque acabó con el baazismo y pacificó a una némesis que había sido
una espina clavada en su costado durante gran parte del siglo XX. Los nuevos
señores chiíes –y, en buena medida, los kurdos– de Bagdad mantienen unas relaciones
amistosas con Irán. No es casualidad que Teherán fuera el primer vecino de Irak
que reconoció al nuevo Gobierno y que alentó a la población iraquí a participar
en el proceso político iniciado por EE UU.

En el vacío de poder que siguió a la caída de Sadam, la influencia iraní se
extendió rápidamente por el sur de Irak gracias a las relaciones comerciales
–fomentadas por un volumen cada vez mayor de intercambios y una afluencia masiva
de peregrinos iraníes a las ciudades santas de Irak– y unos vínculos crecientes
en materia de política e inteligencia. El influjo se extendió rápidamente a
todos los niveles de la burocracia, ...