Los gobiernos diseñan las líneas generales de la globalización, pero, ¿ésta dónde se hace verdaderamente realidad? ¿Dónde se ven de forma más aguda los éxitos y los fracasos de la globalización? Dónde, sino en los sitios en los que la mayoría de la humanidad prefiere hoy vivir y trabajar: las ciudades. Las urbes más grandes y más interconectadas del mundo contribuyen a establecer las prioridades mundiales, sortean los peligros transnacionales y son los centros de integración mundial. Se convierten en los motores del crecimiento de sus países y las puertas de entrada y salida de los recursos de sus regiones. En muchos aspectos, la historia de la globalización es la historia de la urbanización.

Ahora bien, ¿qué es lo que hace una ciudad global? El propio término evoca un centro demando para los enterados. Significa poder, sofisticación, riqueza e influencia. Es sugerir que las ideas y valores de tu metrópolis influyen en el mundo. Y, en gran parte, es verdad. Las ciudades que albergan los mayores mercados de capitales, las universidades de élite, las poblaciones más diversas y mejor educadas, las multinacional es más ricas y las organizaciones internacionales más poderosas se relacionan con el resto del mundo  como ningún otro lugar. Pero, más que nada, las urbes que ocupan los primeros puestos de la lista son las que siguen construyendo vínculos mundiales a pesar de que los entornos económicos son cada vez más complejos. Son las que consiguen sacar provecho a la urbanización ofreciendo amplias oportunidades de integración mundial a sus habitantes; medir la presencia internacional de las ciudades permite capturar la imagen más exacta de cómo funciona el mundo.

Por ese motivo, Foreign Policy, A.T. Kearney y el Chicago ...