Un refugiado paquistaní participa en un programa de formación en Alemania. Sean Gallup/Getty Images

La integración de los refugiados, la fase dos, es clave para Europa, pero todavía los fallos abundan.

Alguna vez vuelve a pensar en Libia, ese infierno donde estuvo por un interminable año, y en ese viaje en el Mediterráneo central en el que pudo morir ahogado en 2014, pero Azoli Sanogo ya no se ve en el abismo. Está sentado en la escuela de italiano de la asociación Sant’Egidio, en Roma, y a su alrededor hay decenas de refugiados que, como él hizo antes, agotan las horas esperando su turno para ir a clase. Los hay recién llegados, desde hace pocos días, semanas. Otros que ya tienen algunas primaveras. Vienen de países en guerra, como Siria. De África. Y también de América Latina. De que todos ellos participen en la sociedad europea como uno más determinará también el futuro de una balanza demográfica desequilibrada y de un mercado de trabajo al que le faltan jóvenes.

Aunque algo avergonzado y no tan seguro de querer hablar, el maliense Azoli sonríe entre ellos. Él sí lo logró. Al principio, cuando llevaba poco tiempo en el país, todavía tenía un sueño. Quería estudiar Filosofía, y continuar los estudios empezados en Bamako. Pero poco después la realidad ha ido cobrando forma. Desde que cumplió 19 años, cuando decidió abandonar a su país, ha sido tortuoso el camino para seguir vivo. En algo más que tres años en Italia, lo más duro fue el principio, en Sicilia. No hablaba el idioma y no tenía los papeles —que luego obtendría— que reconocían su estatus de refugiado. Pronto también se enteró que sus certificados de estudios tampoco tenían validez, al no poder ir a traducirlos y certificarlos en la embajada del ...