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He aquí tres causas que podrían explicar el bajo perfil del ciberconflicto en la guerra en Ucrania.

La guerra en Ucrania se ha convertido en uno de esos acontecimientos históricos que, cada cierto tiempo, desintegra algunas de las ideas más asentadas sobre cómo funciona el mundo. Unas pocas semanas de conflicto han sido suficientes para pulverizar determinadas percepciones que (ahora sabemos) tenían más de mito que de realidad. El antaño temible Ejército ruso se ha convertido en carne de meme. Una organización enfangada en un nivel de incompetencia tan extremo que ha conseguido materializar lo que hace unos meses era inimaginable: que Suecia y Finlandia resolviesen sus dudas sobre un potencial ingreso en la OTAN. Y la razón no es que hayan dejado de temer a una represalia militar rusa, sino porque han llegado al convencimiento de que podrían repeler con éxito una agresión del que, hasta hace poco, era un vecino aterrador al que convenía no enojar.

Entre los numerosos prejuicios que se han visto sacudidos, destaca todo lo referente a la dimensión cibernética de los conflictos. Cuando los tambores de guerra empezaron a sonar con mayor intensidad, se estimó que muy probablemente Rusia recurriría a ciberataques de gran envergadura. Con estos sabotajes no solo propiciaría el colapso de la resistencia ucraniana, sino que también proyectaría una clara advertencia a los países occidentales: absteneos de involucraros de manera activa o seréis también objetivo de ciberrepresalias.

Sin embargo, este escenario no solo no ha tenido lugar, sino que el empleo de capacidades ciber como complemento de la invasión militar ha tenido un perfil sorprendentemente bajo. Aunque pueden atribuirse al aparato estatal ruso múltiples acciones tendentes a degradar las redes informáticas que sustentan las infraestructuras y servicios de su vecino, lo cierto es que ni la intensidad ni la ...