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Dos personas caminan por un puente en Mitrovica, ciudad situada en Kosovo de mayoría serbia. (Armend Nimani/AFP/Getty Images)

Ambos Estados presentan una voluntad de llegar a alguna solución que permita conseguir un acuerdo que normalice su situación. ¿Será posible que no haya ningún perdedor?

Cuenta Predrag Matvejević que un escritor uzbeko (Aman Mukhtabarov) le explicó sobre las fronteras de su país que éstas no eran como en todas partes: "Los conquistadores movieron el límite tan lejos como avanzaron. Cuando se retiraron, el límite se fue con ellos [...] Entendieron que ellos mismos eran el límite". Detrás de esta metáfora hay tanta poesía como geopolítica.

Los Balcanes Occidentales siempre tuvieron sus cadencias. Llegaban tarde o se adelantaban a los tiempos. No había guerras de religión desde Viena a la Meca cuando en Europa se decapitaban feligreses por mostrar un crucifijo o no hacerlo (siglo XVI y XVII); se inauguraba un Estado con vocación de multinacional (Yugoslavia) cuando los imperios se disolvían como azucarillos en nuevos Estados-nación; y los paramilitares campaban a sus anchas por el sureste europeo cuando en Bruselas un coro de benjamines en túnica blanca ponía voz a la oda a la alegría (Tratado de Maastricht).

Cuando la idea de la "corrección territorial" entre Serbia y Kosovo cobró vuelo hace algunas semanas, en los medios de comunicación, volvimos a las funestas profecías. Con motivo. Se ha mantenido el paradigma de que los equilibrios territoriales en los nuevos Estados balcánicos son inestables, tanto como un estornudo frente a un castillo de naipes. Coincidiendo con la campaña electoral en Bosnia y Herzegovina para el 7 de octubre, el presidente de la Republika Srpska, Milorad Dodik, sigue amenazando el status quo bosnio con órdagos secesionistas y el partido HDZ bosnio-croata va por el mismo camino, más proclive a hacerse querer en la ...