¿Por qué hierven las calles de Bangkok?

 









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NICOLAS ASFOURI/AFP/Getty Images


Algo más de tres años llevaba Tailandia sin ver sus calles llenas de pancartas y banderas pidiendo la caída de un gobierno. Una larga tregua que terminó el pasado domingo cuando las protestas que piden la dimisión de la primera ministra, Yingluck Shinawatra, reunieron entre 100.000 y 150.000 personas, la manifestación más multitudinaria desde 2010. Desde entonces, los manifestantes han sitiado y tomado ministerios y algunos ayuntamientos –de forma mayoritariamente pacífica– y están decididos a mantenerse hasta que todo el Ejecutivo renuncie a sus puestos.

Tailandia vive una profunda crisis política desde 2006, cuando un golpe de Estado depuso al entonces primer ministro Thaksin Shinawatra. El también magnate de las telecomunicaciones se ha convertido desde entonces en una figura polarizadora de la política del país y los principales grupos se han configurado en torno a sus seguidores, los llamados camisas rojas, y sus detractores, los conocidos como camisas amarillas. Ambos grupos han sufrido, sin embargo, escisiones durante los últimos años y tanto unos como otros han conseguido atraer a ciudadanos ajenos que se han solidarizado con sus reivindicaciones.

Las medidas anunciadas durante los últimos meses por Yingluck Shinawatra, hermana de Thaksin y primera ministra desde agosto de 2011, han alimentado las filas de los descontentos. Aunque la mayoría de ellas han sido económicas, el detonante directo de las protestas ha sido la Ley de Amnistía que el Gobierno presentó hace algunas semanas y que fue votada en el Parlamento a principios de noviembre. Según el borrador, la amnistía perdonaría todos los delitos relacionados con la crisis política, a excepción de los delitos penados por la draconiana ley de lesa majestad.  Esto incluiría al propio Thaksin Shinawatra, que está en el exilio para no cumplir la condena de dos años de prisión impuesta por corrupción, o a los responsables de la muerte de 92 manifestantes durante las protestas de los camisas rojas en 2010, pero no a muchos de los seguidores de Thaksin que han sido condenados por ofender al rey.

A pesar de que la ley fue tumbada en el Senado y que el Ejecutivo aseguró que no intentaría aprobarla de nuevo, no ha sido suficiente para los protestantes. “Tienen que hacer la ley para el pueblo, no para él [Thaksin]”, afirma Fahngai Khamasok, un ama de casa menuda que ha viajado desde Chiang Mai, a 700 kilómetros de Bangkok, para “derrocar” al Gobierno. A los detractores habituales, se han sumado así neófitos de las manifestaciones que no han apreciado el intento de perdonar los crímenes de la elite. “Yo nunca me había manifestado antes, pero esto no se puede permitir”, asegura Dew Ularnkun, una joven que trabaja en el departamento de márketing de una gran empresa. Así, aunque los amarillos siguen conformando un grupo significativo dentro de los protestantes, estos días los colores se han mezclado y en las manifestaciones ...