Nuevos flujos migratorios entre Europa, América Latina y EE UU.

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América Latina, Estados Unidos y Europa siempre mantuvieron relaciones de interdependencia en lo que respecta a oleadas migratorios. Desde la colonización europea del denominado nuevo mundo, hombres, mujeres y familias se han trasladado a uno y otro lado del Atlántico en busca de un futuro mejor. Ya entrado el siglo XX, y como consecuencia del dispar crecimiento económico entre la América latina y la anglosajona, millones decidieron cruzar el Río Bravo. Por supuesto que los flujos no corren en un sentido siempre uniforme. Los países emisores pueden luego transformarse en receptores y los receptores en emisores.

Principalmente en el último cuarto del siglo pasado y los primeros años del que corre, los latinoamericanos habían, en líneas generales, elegido a Europa y Estados Unidos como destinos de oportunidades. Por motivos históricos y culturales, España, Italia y Portugal habían sido grandes receptores. A la similitud lingüística que aportaba la península ibérica se sumaba la cercanía cultural italiana. Son muchos los latinoamericanos con ascendencia latinoeuropea lo cual permitía que, de una forma u otra, no se sintieran tan lejos de casa. Al mismo tiempo el criterio jurídico del ius sanguinis permitía a los emigrados el beneficio de acceder a la ciudadanía y poder así residir y trabajar legalmente en Europa. En lo que respecta a Estados Unidos, el principal impulsor es sin dudas la cercanía geográfica. Los 3.326 kilómetros de fronteras entre la principal potencia económica mundial y México son una evidente invitación para aquellos que anhelan vivir el sueño americano en primera persona. El movimiento de individuos a uno y otro lado de la frontera alcanzó un volumen tan elevado que dejó ya de ser un asunto estrictamente migratorio, sino una de las principales cuestiones de las relaciones internacionales de ...