Existe una razón muy sencilla para los miles de atentados suicidas que ha presenciado el mundo desde los 80: es la forma más eficaz de violencia cercana. La extensión de esta técnica aparentemente imparable ha dado mucha más fuerza a la violencia política con la incorporación de un grupo de terroristas en el que no se había pensado: la clase media.

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El hecho de que este tipo de terroristas sean habitualmente afables miembros de la clase media parece contradictorio. Al fin y al cabo, la clase media suele ser culta, educada y familiar. Nada que ver con los tipos sanguinarios y los criminales que nos imaginamos cuando pensamos en las personas que se inmolan. Se parecen poco a los hooligans del fútbol inglés y a los agitadores. Ninguna otra forma de violencia cuenta con una proporción tan alta de mujeres como el terrorismo suicida, pese a que ellas suelen ser más conformistas que los hombres.


¿A qué se debe esto? En mi opinión, el motivo es que esta clase de atentados es el método más fácil de llevar a cabo para personas de clase media, cuando se deciden a cometer un acto así.

Para comprenderlo, antes hay que dejar de lado el mito de que cometer una acción de este calibre es fácil. La idea habitual es que, si una persona tiene un motivo de queja suficientemente fuerte, lo único que necesita es coger un arma y empezar a matar gente. Nada puede estar más lejos de la realidad. En la Segunda Guerra Mundial, los sociólogos descubrieron que sólo del 15% al 25% de los soldados en primera línea llegaban a disparar su arma. Los métodos de entrenamiento implantados con posterioridad han elevado un poco ese porcentaje, pero los disparos no dan casi ...