El presidente electo de EE UU, Donald Trump, hace el gesto de la victoria. Jeff J Mitchell/Getty Images
El presidente electo de EE UU, Donald Trump, hace el gesto de la victoria. Jeff J Mitchell/Getty Images

Punto y final a lo conocido, la hora del vértigo ha llegado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses pone fin al mundo que hemos conocido desde el término de la II Guerra Mundial. Un mundo en el que una de las potencias vencedoras, Estados Unidos, encarnaba y defendía una serie de valores que quería considerar universales: la democracia, los derechos humanos, el diálogo, la igualdad de oportunidades, la integración racial… Una potencia firme y generosa al mismo tiempo, consciente de su papel y dispuesta a desempeñarlo.

Es evidente que esa imagen idílica se fue deteriorando con el tiempo, pero también lo es que ahora queda dinamitada definitivamente cuando su líder pasa a ser un hombre que representa justo todo lo contrario. Alguien que ha cuestionado el sistema que ahora le ha llevado al poder, abiertamente xenófobo, racista y misógino, dispuesto a hacer “América grande de nuevo” sin que se sepa cuál es esa América que quiere recuperar. Con Trump al frente, es difícil que Estados Unidos pueda seguir siendo referencia de casi nada.

En su discurso tras conocer los resultados, Trump ha querido tender la mano a todos los americanos, los que le han votado y los que no, y ha hecho una breve apelación a la reunificación y a la unidad en un país totalmente polarizado. No suena muy auténtico cuando precisamente él ha utilizado el odio como elemento fundamental de su campaña. Como decía un comentario en Twitter, parece la reacción de un niño pequeño que una vez que ha conseguido lo que quería, tras la rabieta, se relaja y pone buena cara.

Poco se sabe de lo que pretende realmente hacer. Se mire donde se ...