Las cosas son como parecen en la República centroafricana. 

 

Los centroafricanos tienen un curioso tic, que es la tendencia a etiquetar las cosas de la manera más literal posible, incluido su propio país, una república en el centro de África que se llama República Centroafricana (RCA). Por unos cuantos dólares, los vendedores callejeros de la capital, Bangui, venden como recuerdo collages de alas de mariposa enmarcados; llevan incrustado el lema “recuerdo de África Central”. El único restaurante chino de la ciudad se llama “Restaurante Chino”.

Por eso fue una sorpresa y una decepción que me advirtieran de que, para el Día Mundial de los Alimentos, lo único de lo que podía estar seguro era de que no encontraría nada para comer. François Bozizé, el general que se proclamó presidente en 2003, había decidido celebrar la jornada patrocinada por la ONU el pasado mes de diciembre en Obo, la región más depauperada del país. Obo sufre el triple inconveniente de estar en un rincón remoto y cerca del caos permanente de Sudán y de la República Democrática del Congo y, lo peor de todo, de padecer incursiones constantes del Ejército de Resistencia del Señor, el grupo terrorista ugandés que constituye el equivalente africano de la familia Manson, salvo que es menos previsible y tiene mejores gustos musicales. Bozizé llevó su propia comida, mientras que los habitantes de Obo se disponían a sobrevivir con su dieta habitual de mandioca, un alimento fácil de cultivar pero tan nutritivo como el serrín.

La República Centroafricana es un agujero negro de gobernanza en el corazón del continente. Desde que proclamó su independencia de Francia, en 1960, ha servido un verdadero menú de degustación de despotismos africanos: dictaduras militares, cleptocracias civiles, e incluso un imperio, con emperador y trono dorado incluidos. Ninguna de esas ...