Ciudadanos en Guatemala celebran la dimisión del presidente, Otto Pérez Molina (Rodrigo Arangua/AFP/Getty Images)
Ciudadanos en Guatemala celebran la dimisión del presidente, Otto Pérez Molina (Rodrigo Arangua/AFP/Getty Images)

El país centroamericano ha demostrado no ser un Estado fallido, sino débil, en el que unas instituciones, aunque con deficiencias, y una sociedad cansada han sido el motor de cambio. Ahora toca ver hacia dónde se dirige Guatemala.

Los acontecimientos de los últimos meses en Guatemala han devuelto a la República centroamericana a la actualidad internacional, aunque esta atención e interés estén en relación con casos de corrupción política que han hecho que el propio presidente, Otto Pérez Molina, haya renunciado a su cargo. De esta forma se vuelve a repetir la imagen de un país que continúa, como así ha sido a lo largo de su pasado, atrapado por una realidad caracterizada únicamente por la injusticia y la impunidad.

Buena parte de los analistas que reproducen esta imagen creen que tanto el pasado como el presente demuestran de manera insistente que Guatemala es prácticamente un Estado fallido. De nuevo, las denuncias de corrupción en las que está implicada la misma vicepresidenta, Roxana Baldetti, o el yerno del presidente así lo demuestran. Si se atiende sólo a estos datos es posible volver a hacer la misma lectura pesimista que siempre se hace sobre el país. Pero es más importante contemplar todo lo que está ocurriendo. Las denuncias que se están produciendo se hacen gracias a la labor realizada por la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y por el Ministerio Público, mediante una acción concertada; son ellos los que han realizado labores de investigación y tramitado dichas denuncias. Además, no es posible tampoco obviar la reacción de la ciudadanía que, por primera vez, se ha manifestado en la calle contra la corrupción y ha exigido una regeneración democrática.

Esto no quiere decir ...