El Tratado de Libre Comercio con EE UU no debería ser la única baza europea y española.

 























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El comienzo de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y  la Unión Europea forma parte del proceso de reconfiguración de los grandes bloques políticos y comerciales en el mundo del G-20.

El fracaso de la Ronda de Doha está llevando a una multiplicación de iniciativas bilaterales y multilaterales dominadas por el desplazamiento hacia Asia de los centros de gravedad económicos. EE UU trata de mantener un protagonismo comercial central con el acuerdo de Asociación Transpacífico y un rosario de Tratados de Libre Comercio en su continente.

No obstante, la mayor relación bilateral sigue siendo la de EE UU y la UE, que representa la mitad del comercio mundial.  En el caso Atlántico, a diferencia del Pacífico, no existen  marcos más amplios. Así,  no se sientan a negociar por parte norteamericana los otros miembros del TLC, Canadá y México, a pesar del rápido proceso de integración de sus economías. El presidente Obama ha  visitado en mayo México proponiendo una alianza económica  bilateral.  Le siguió en junio el presidente Xi Jinping de China.

Para los defensores de una  relación transatlántica más amplia, la cuestión es importante, en especial para España. Hay dos razones de peso: la primera es  la importancia de la apuesta económica de nuestro país en Iberoamérica con inversiones directas estratégicas (banca, telecomunicaciones, energía, turismo, construcción  y servicios), sin despreciar su creciente penetración en Estados Unidos. La segunda razón está relacionada con uno de los capítulos más sensibles de la negociación, el tema cultural. Su no inclusión en el ...