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Un grupo de soldados contrarios al gobierno de Nicolás Maduro y favorables a Juan Guaido en las calles de Caracas, Venezuela. (Roman Camacho/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

El año de los dos gobiernos de Venezuela terminó sin resolución. El presidente Nicolás Maduro todavía está al cargo, después de haber atajado un levantamiento civil-militar en abril y resistido un boicot regional y una pila de sanciones estadounidenses. Pero su gobierno permanece aislado y desprovisto de recursos, mientras que la mayoría de los venezolanos sufren la pobreza extrema y el colapso de los servicios públicos.

Juan Guaidó, quien como presidente de la Asamblea Nacional reclamó la presidencia interina del país el pasado mes de enero, atrajo grandes multitudes y apoyos en el extranjero con su demanda de que Maduro, reelegido en unas polémicas elecciones en 2018, dejara el cargo. Sin embargo, la supervivencia de este impopular gobierno ha ofrecido a Guaidó, así como a Estados Unidos y algunos de sus aliados latinoamericanos, como Brasil y Colombia, una dura lección. Nadie puede descartar que el Gobierno se acabe derrumbando. Pero aun así, esperar que eso suceda es, en palabras de un diputado de la oposición a mis colegas de Crisis Group, “como ser pobre y esperar que vas a ganar la lotería”.

Para empezar, los rivales de Maduro subestimaron la fuerza de su gobierno, sobre todo la lealtad de las fuerzas armadas. A pesar de las penalidades, las comunidades pobres siguieron sin dejarse convencer por la oposición. Las sanciones estadounidenses aumentaron el estrés sobre la población y diezmaron una industria petrolera en crisis, pero pudieron ser burladas por oscuros actores que se mueven por los resquicios de la economía global. Las exportaciones de oro y los dólares en efectivo mantuvieron el país a flote y enriquecieron a una pequeña élite. Muchos de los ...