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Unas mujeres uigures miran a través de una verja cerca de soldados chinos en Urumqi, Xinjiang, China. Peter Parks/AFP/Getty Images

El Gobierno chino aplica un férreo control (tecnológico) en sus provincias más inestables, condicionado por factores como la guerra en Siria o su Nueva Ruta de la Seda.

Los dos grandes territorios mediante los que China se adentra en Eurasia siempre han sido fuente de problemas. La gran meseta del Tíbet y, por otro lado, los desiertos y cadenas montañosas de Xinjiang comprenden casi un tercio del territorio chino. Hacen de frontera con India y las repúblicas centroasiáticas -y, antiguamente, con la Unión Soviética-. El territorio ha sido dominado con mano de hierro desde que Mao Zedong fundara la centralizada República Popular, poniendo fin a la disgregación del país en feudos de señores de la guerra. Y mientras la propia China ha pasado de ser un atrasado Estado comunista a la segunda potencia mundial, su mano de hierro también ha evolucionado. Las cámaras de reconocimiento facial o los sistemas biométricos se mezclan con el garrote tradicional, con el objetivo de mantener el control en estas dos regiones, Tíbet y Xinjiang, en las que la conflictividad étnica entre la mayoría Han -más del 90 % de los ciudadanos chinos- y las minorías tibetanas y uigures -musulmanes túrquicos de Xinjiang- se hace más patente y peligrosa para el Partido Comunista.

El uso del big data y nuevos métodos tecnológicos para vigilar estas regiones -especialmente la de Xinjiang- ha llenado, recientemente, las páginas de la prensa occidental. Aunque, como explica uno de los principales expertos sobre seguridad en Xinjiang y Tíbet, Adrian Zenz, la vigilancia humana sigue siendo el factor determinante en ambas regiones: “El reclutamiento de personal de seguridad todavía sigue en marcha [en Xinjiang]. La ciudad de Urumqi ...