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La Presidenta hondureña, Xiomara Castro, recibe a la vicepresidenta de EE UU, Kamala Harris, en Tegucigalpa, enero de 2022. Jorge S. Cabrera A./Anadolu Agency via Getty Images

La presidenta hondureña, Xiomara Castro, está lejos de ser la típica aliada de Estados Unidos. Castro, que prometió un “Estado socialista y democrático” en su reciente toma de posesión, utilizó una de sus primeras acciones ejecutivas para reconocer al líder venezolano Nicolás Maduro. Y, sin embargo, los líderes estadounidenses han adoptado exactamente el enfoque correcto para tratar con la nueva líder de Honduras, acogiéndola como socia en la misión de resolver las causas fundamentales de la migración.

Con la toma de posesión de Castro, los hondureños han puesto fin a 12 años de gobierno del conservador Partido Nacional, liderado primero por Porfirio Lobo (2010-2014) y luego por Juan Orlando Hernández (2014-2022). La corrupción y el narcotráfico florecieron bajo el gobierno del Partido Nacional, e incluso parientes cercanos de ambos presidentes acabaron en prisiones estadounidenses. Cimentando aún más el estatus de Honduras como narco-Estado, los fiscales estadounidenses alegaron en 2019 que el propio Hernández había aceptado sobornos de organizaciones del narcotráfico.

Bajo el gobierno de Hernández, las elecciones libres y justas estaban lejos de estar garantizadas. En 2017, el candidato de izquierdas Salvador Nasralla lideró de manera constante las encuestas contra el presidente en ejercicio, con Xiomara Castro como compañera de ticket, pero perdió la votación por un estrecho margen. La Organización de Estados Americanos denunció  irregularidades generalizadas e hizo un llamamiento a convocar nuevas elecciones. Cuando Hernández se negó, las protestas resultantes duraron más de un año, dejando 38 muertos y más de 1.000 detenidos. El gobierno de Donald Trump, que reconoció la victoria de Hernández después de un mes de violencia, solo empeoró las cosas.

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