Familiares de los coptos egipcios asesinados por el Estado Islámico en Libia, febrero de 2015. Mohamed El-Shahed/AFP/Getty Images
Familiares de los coptos egipcios asesinados por el Estado Islámico en Libia, febrero de 2015. Mohamed El-Shahed/AFP/Getty Images

La contundente respuesta de la aviación egipcia en Libia como venganza por la decapitación de 21 trabajadores coptos esquiva la nebulosa presencia de los yihadistas en el actual panorama de guerra civil.

De la noche a la mañana, Libia se ha convertido en escenario del avance inexorable del Estado Islámico (Daesh en su acrónimo en árabe) sobre las playas del Mediterráneo, como si de un regalo de aniversario se tratase. Justo cuando se cumplen cuatro años de la revolución que tumbó el régimen de Muammar Gadafi con la ayuda de los aviones y barcos de la OTAN, el debate sobre una nueva intervención en el país sale a relucir, esta vez al estilo de la Coalición contra los yihadistas en Siria e Irak.

Atrás quedan la miríada de voces (desde la embajadora de EE UU, Deborah Jones, hasta los máximos dirigentes de Francia e Italia) que vociferan desde hace meses la descomposición del país, velada por un caos tribal, miliciano, político y hasta yihadista, que ha excusado una completa inacción internacional, con la salvedad del diálogo patrocinado por Naciones Unidas entre dos bandos abiertamente en guerra desde el verano.

Solo parecía haber una posibilidad de aclarar el enredo del panorama de guerra civil libio: la irrupción del Estado Islámico con todo su salvajismo. La difusión de la ejecución de 21 trabajadores egipcios coptos secuestrados en Sirte, en la costa central, ha provocado una operación de venganza de la aviación egipcia que, esta vez sin discreción (Egipto llevó a cabo varios ataques aéreos no reconocidos contra Trípoli en verano), ha bombardeado “posiciones de los yihadistas en Derna”, su bastión oriental.

Casi de inmediato, el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, y su homólogo ...