Un soldado hutí frente a un grafiti pro huti en la capital Saná, Yemen. Mohammed Huwais/AFP/Getty Images
Un soldado hutí frente a un grafiti pro huti en la capital Saná, Yemen. Mohammed Huwais/AFP/Getty Images

La guerra de Yemen, orquestada por los saudíes con el respaldo de Estados Unidos, Gran Bretaña y los aliados del Golfo, se prolonga desde marzo de 2015 sin que el fin se vea cerca. Las conversaciones de paz auspiciadas por la ONU en Suiza a mediados de diciembre no lograron más que el acuerdo de reanudarlas el 14 de enero. Se habla de casi 14.000 muertos, de los cuales cerca de la mitad son civiles. Más de dos millones han tenido que abandonar sus hogares y otros 120.000 han huido del país. La guerra ha destruido las ya débiles infraestructuras, han ahondado las divisiones políticas y han introducido un elemento de sectarismo hasta ahora casi inexistente. El conflicto pone en peligro la seguridad de la Península Arábiga, en especial Arabia Saudí, puesto que fomenta el desarrollo de redes terroristas como Al Qaeda y Daesh.

La violencia tiene su origen en una transición política muy mal hecha tras la marcha del histórico presidente Alí Abdullah Saleh, que tuvo que dimitir en medio de protestas en 2011. Después de años de indecisión sobre el futuro político del país, las milicias hutíes se hicieron cargo de la situación y capturaron la capital, Saná, en septiembre de 2014. Los hutíes -un movimiento con mayoría de chiíes zaidíes, arraigado en el norte de Yemen- empezó a avanzar hacia el sur después de aliarse con las fuerzas leales a Saleh. El 25 de marzo de 2015 se apoderaron de una base militar estratégica próxima a Adén y tomaron como rehén al ministro de Defensa. Al día siguiente, Arabia Saudí puso en marcha una gran campaña militar -Operación Tormenta Decisiva- para hacerlos retroceder y restablecer el Gobierno del presidente Abed ...