Gastamos demasiado tiempo y energía preocupándonos de la supuesta división global entre norte y sur, países ricos y países pobres. En realidad no existe. La verdadera brecha que se abre en el planeta es entre las élites y la clase media de algunos Estados, y la base de la pirámide, en todas partes.

Los cuatro ciudadanos más ricos del mundo —Carlos Slim, Bill Gates, Warren Buffett y Mukesh Ambani— tienen más en común entre ellos de lo que tienen con el estrato inferior de la población de sus respectivos países. No obstante, sí manejan su riqueza de forma diferente. Gates y Buffett están entregando la mayor parte, Ambani se acaba de construir la casa más cara del mundo y Slim está en algún lugar entre medias. Pero los cuatro  pueden contar con que los gobiernos de sus países se van a ocupar primero de sus necesidades. La preservación de esa clase de jerarquía social es una presunción no escrita a la hora de decidir qué soluciones a los problemas del mundo se ponen sobre la mesa y cuáles no.

Muchos han señalado que los países cuyos límites casualmente incluyen grandes depósitos de petróleo, diamantes, maderas tropicales o algún otro artículo valioso tienden a tener poblaciones miserables que sufren la pobreza y la violencia —la maldición de los recursos. Pero educadamente pasamos por alto que por cada país que sufre esta situación, hay una cleptocracia que disfruta de la bendición de los recursos. Con raras excepciones, como Sudán, aquellos que saquean la riqueza de sus países son aceptados en las altas cumbres de la sociedad global.

India, justificadamente, acude a las negociaciones sobre cambio global para alegar que tiene cientos de miles de pueblos que no cuentan con ningún acceso a la electricidad ...