Un grupito de millonarios de las puntocom han entonado el mea culpa. Primero
ganaron millones y después, de buena fe, los invirtieron en lograr la
expansión de Internet en los países menos desarrollados, sobre
todo en África. Esperaban que ello diera más poder a los pobres.
Por fin muchos admiten, aunque algunos sólo en privado, que sus esfuerzos
no iban bien encaminados.

"Ahora me doy cuenta de que la electricidad es más importante
para África que Internet", afirma Ethan Zuckerman, que debe su
riqueza a los tiempos en que dirigía empresas tecnológicas en
los 90 y que desde entonces ha donado gran parte de ese dinero a iniciativas
que popularizan la tecnología. Esther Dyson, que formó parte
de la junta de gobierno de la Corporación de Internet para la Asignación
de Nombres y Números (ICANN, en sus siglas en inglés) y que también
ha sido filántropa tecnológica, está de acuerdo. "Se
me considera políticamente incorrecta por decir (…) que los países
en desarrollo deberían centrarse más en su infraestructura económica
básica que en políticas de fomento de la Red", dice. "Internet
es una herramienta genial para algunas personas (…) pero es más
bien un lujo".

Cuando el magnate del software Bill Gates lo decía hace cinco años
nadie le hacía caso. Sonaba demasiado conservador. Hoy, su fundación
se centra en financiar lo más básico, y esto está resultando
ser más radical que cualquier aparatito inteligente. Gates se ha reído
en público de iniciativas como el ordenador por 100 dólares para
los pobres del mundo, y centra su atención en proporcionar agua potable,
medicamentos básicos y material educativo. Este enfoque, aseguran muchos
africanos, funciona. "Estamos recibiendo un triste aviso que nos recuerda
la importancia de la infraestructura ...