Los Estados ricos han aprendido mucho sobre cómo mantener a la gente viva en los terremotos. Pero eso no quiere decir que los países pobres tengan que intentar imitarlos.

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La muerte y la destrucción que vemos en Japón son espeluznantes, pero el terremoto casi sin precedentes que se produjo el 11 de marzo frente a la costa este de la isla de Honshu ofrece una lección importante: las normas de edificación y los reglamentos sobre la calificación de terrenos pueden salvar vidas. Las estrictas directrices niponas son, según opinión general, las responsables de que el número de muertos sea muy inferior al de las víctimas del terremoto ocurrido en Haití el año pasado. Ahora bien, eso no significa que haya que trasladarlas al pie de la letra a los países en vías de desarrollo, en los que se producen la mayor parte de las muertes debidas a seísmos. Esas normas son caras y complejas. Y existen maneras mucho más baratas y sencillas de salvar vidas.

Es demasiado pronto para conocer la dimensión total de la tragedia que aún se desarrolla en Japón. Pero lo que sí sabemos es que la gran mayoría de las muertes -y la mayor parte de los problemas en las centrales nucleares- son resultado, no del terremoto en sí, sino del tsunami posterior. Las cosas podrían haber sido mucho peores. Aunque las imágenes en YouTube de empleados sacudidos y estanterías en el suelo en Tokio eran aterradoras, en la capital hubo un número muy bajo de heridos y muertos, como en cualquier otro lugar que no sufrió la invasión de las aguas. Y eso, a pesar de que este terremoto es el mayor que se conoce en la historia de Japón, y de una magnitud muy superior al ...