El auge económico de Pekín deslumbra a los inversores y cautiva al mundo. Pero más allá de los nuevos rascacielos y las fábricas hay una corrupción galopante, un desperdicio enorme y una élite poco interesada en que la situación mejore. Olvidemos las reformas políticas. El futuro de China
no es la democracia, sino la descomposición.












Lo único que crece a más velocidad que China es la expectación a propósito de China. En enero, el PIB de la República Popular superó al de Reino Unido y Francia, con lo que el gigante asiático se colocó en cuarto lugar entre las economías del mundo. En diciembre, Pekín había sustituido a Estados Unidos como mayor exportador mundial de productos tecnológicos. Numerosos expertos predicen que para 2020 la economía china sólo estará por detrás de la estadounidense y para 2050, seguramente, la habrá sobrepasado.






























La economía de China no sólo es ineficaz. Además, ha sido víctima de un capitalismo amiguista con peculiaridades propias como el maridaje entre el poder ilimitado y la riqueza ilícita

Los inversores occidentales elogian las sólidas bases de la economía china –sobre todo, una elevada tasa de ahorro, una enorme reserva de mano de obra y una sólida ética de trabajo– y están dispuestos a pasar por alto sus imperfecciones. Los hombres de negocios consideran que Pekín es, al mismo tiempo, el mayor fabricante y el mayor mercado mundial. Las compañías de inversiones privadas exploran el Imperio del Centro en busca de adquisiciones. Las empresas chinas de Internet están alcanzando en el índice Nasdaq precios propios de la burbuja ...